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sabato 7 marzo 2020

El Monstruo Zamani









Nos enteramos que nuestras ventanas eran antibalas el día que el monstruo decidió romperse la cabeza con una de ellas. Aquella mañana lo conseguimos tirado en el suelo ensangrentado y medio muerto, nos imaginamos que se había peleado con alguien, pero mientras la ambulancia llegaba, revisamos las cámaras de seguridad y vimos que Zamani, el monstruo, llegó con un ladrillo macizo, de esos que solo se consiguen en Yorkshire. Estaba dispuesto a destrozar los vidrios de nuestras ventanas. Lo tiró con toda su fuerza y rebotó como una pelota de tenis, fracturándole el cráneo, dejándolo inconsciente y ensangrentado. 

Nada peor para un espíritu enfurecido que desatar su ira con violencia y terminar convirtiéndose en el hazmerreír de su entorno. Nuestra gerente, que todos la llamaban Debby para marcar el espíritu democrático, no pudo evitar carcajearse cuando supo del infortunado Zamani, y ella era la única, junto a los administradores, que sabía que habían puesto ventanas anti balas, pues cada semana alguien rompía una ventana en la noche, hasta que un día resolvíó que nuestra oficina tendría ese tipo de ventanas. 

Pocas semanas después Zamani apareció en nuestra oficina. Helenka, la recepcionista vino corriendo a decirme que me encargara de él. Yo tenía fama de ser bueno con los usuarios difíciles. 

-Fab, hay un tío bien difícil, podrás encargarte de él? 

-Por supuesto- dije sin dudar. A nadie le gustaba tratar con usuarios violentos, peligrosos o llorones. Pero yo asumí el criterio de que solo esos usuarios eran interesantes. En parte por mi predisposición ética a quere ayudar a los más necesitados. Pero en parte por una razón muy egoísta. Se había vuelto un juego. 

Sí, un juego. Peligroso, pero un juego. Y divertido, además. Esto lo aprendí en Venezuela, de los indómitos llaneros. Recordé un día el orgullo con el que un bravío domador decía que habría montado el caballo más salvaje, una yegua imposible, y la habría dejado mansita. Y fue así que un día me dije, "con los usuarios, haré lo mismo". Así que si uno llegaba furioso, sudando a mares, rojo, con las venas marcadas, los ojos saltones, el grito contenido, y los dientes apretados, pues yo me decía, en silencio: 

-Aquí estás papito...en un rato te dejo mansito. 

Poco a poco me volví el experto en toda clase de furias y alucinaciones. Y mi querida Helenka sabía que yo anhelaba tratar con toda clase de usuarios endemoniados y fue por eso que inmediatamente me llamó para que me encargara de Zamani. 

-Fab, es el que se rompió la cabeza con el ladrillo, está furioso. Todavía tiene la cabeza bendada. No habla. No dice nada. Se le van a salir los ojos. Te va a encantar. - me decía Helenka, riéndose, pues no entendía como yo podría ser tan loco como para querer encargarme de alguien así. Pero ella sabía que la otra opción era llamar a William, Paul o Vicky, y estos terminarían por decirle, muy deacuerdo a las policies, que nosotros no toleramos agresiones ni insultos. Helenka los sabía de sobra, sin Vanessa o sin mi todo acabaría con la policía involucrada. Zamini le daría un puñetazo a la mesa, rompería algo, gritaría,  tiraría alguna silla contra una pared, y el guardia de seguridad vendría, y con sus cintas negras de no-sé-cuántas artes marciales, lo ataría y diez minutos después vendría la policía. Por eso, y no solo por eso, Helenka me adoraba. 

-Por favor, Helenka, intenta indicarle donde está la puerta de la habitación de seguridad. Lo espero allí. 

El entró por la puerta de un lado de la habitación, yo entré por la otra. Ambos al mismo tiempo. El guardia de seguridad venía detrás. 

-Por favor, déjame solo con Mr Zamani- le pedí al guardia de seguridad. 
-Seguro? 
-Sí.

Me senté en mi silla, enfrentado al escritorio donde estaba mi computadora, y él se sentó en frente mío. 

Buenos días Mr Zamani. 

El no respondió. Puso un codo en la mesa, con fuerza, como si quisiera romper la mesa. Luego puso el otro codo. Luego se reclinó un poco hacia adelante para poner las manos a cada lado de la cara, con los codos firmes en la mesa. Yo me quedé tranquilo, bueno, tranquilo en apariencia, digamos que si alguien me miraba diría que estaba tranquilo, pero yo no podía estarlo porque soy muy malo con los ataques físicos, en la escuela era el peor peleando, en fin, solo me defendía con palabras, no te distraigas, Fabrizio, que a nadie le interesa eso y sigue echando el cuento, y venía diciendo que que igual pude ver que los codos en la mesa fueron agresivos, pero quien busca pelea no pone los codos en la mesa. Yo supuse que iba a terminar bien, pero sabía que al mínimo estímulo negativo el hombre me saltaría encima. Esperé un poco y Zamani no me devolvió el saludo. 

-Voy a hacer lo posible por ayudarlo- le dije –espero que me explique. Esperé pacientemente por su respuesta. 

Y esperé. No me precipité en seguir los procedimientos precisamente definidos por la organización donde trabajaba. El primer paso era preguntar el nombre, confirmar la identidad de la persona, pedir su documento de identidad y confirmar fecha de nacimiento, nacionalidad y demás. Si mi jefe me hubiese estado supervisando habría ya marcado varias X en las “cosas para mejorar”. Por supuesto yo me pasaba ese procedimiento por alto, o para decirlo en buen venezolano, que es como hay que decirlo aquí, me lo pasaba por el mismísimo forro de las bolas. Este tipo estaba furioso y había que oírlo, dejarlo descargar. Esperé, y agregué: 

-Yo espero, no se preocupe, estoy aquí para ayudarlo. - Y Zamani solo movía el pecho por la respiración profunda y controlada. Tenía los brazos gruesos, musculosos, y con las venas marcadas. Yo me imaginaba que el aire que expiraba cuando respiraba salía caliente y vaporoso. Parecía que quería evitar una explosión. 

Y para que no explotara seguí esperando unos segundos más. “Quizás necesita que la adrenalina se le baje”, pensaba yo, un poco preocupado por mi seguridad. Tenía visualizado mi plan de escape en caso de que saltara encima para estrangularme pues daba la impresión que no me daría tiempo para activar el botón de emergencia. Y precisamente cuando eché una hojeada a la puerta, vi a través de la ventanilla que la gerente me hacía una seña a través de la puerta, algo así como tenemos-que-hablar. Por supuesto, no le hice el más mínimo caso. Y me concentré en Zamani. Pero no pasó nada después del tiempo prudencial para bajarle la adrenalina en mi juicio, qué juicio voy a tener si no soy psiquiatra, pero así, desarmado, le dije: 

-Estoy aquí para ayudarlo.- repetí y dejé una breve pausa para agregar – y para ayudarlo necesito saber qué le pasa- 

Dejé que pasaran otros segundos, que a mí me parecían horas, y que a él posiblemente también, pero sabía que esta frase tenía que entrar en su estado de consciencia, que era poca. Poca, sí, pero suficiente para haber llegado aquí, el sitio correcto para recibir ayuda. Como buen venezolano sé muy bien cómo reaccionar en momentos de extrema tensión pues todos hemos pasado por el entrenamiento de ser detenidos por la terrible Guardia nacional, los temibles malandros o cualquiera de las nuevas policías que la dictadura ha creado y que yo no tengo el dudoso honor de conocer. En fin, traté de mantener el mayor tiempo de silencio posible para que la incomodidad lo hiciera hablar.
Pero el que se incomodó fui yo cuando volví a ver a la gerente de reojo que me hacía una seña que aparenté desconocer. Y se me ocurrió de pronto que el problema era quizás que ninguno de los dos hablaba el inglés como lengua principal. Así que en una versión un poco tarzanizada del inglés le repetí. 

-Para ayudar, necesito saber. Si yo sé que te pasa, sé cómo ayudar.- 

Nada. Allí seguía mirando hacia la mesa. Los codos firmes. La cabeza sostenida con las manos. Ni un solo movimiento de las extremidades, solo la respiración, siempre pesada, profunda y sonora. Para mí no era del todo fácil imaginarme lo que él sentía. Daba miedo, no lástima, y por eso todavía jugaba al domador.
Por supuesto, todavía no sabía  que la rabia la llevaba acumulada desde niño. Ni mucho menos  que no le tocaba ser un niño traumatizado, sino un niño consentido de la clase media alta iraní, con estudios en el exterior y toda la sofisticación de la cultura persa. Había tenido una infancia tranquila y privilegiada en Teherán. No se había enterado mucho de la revolución islámica, pues vivía en el mundo protegido de su casa, que incluía personal de trabajo doméstico, y visitas frecuentes de familiares y amigos de sus padres. Viajaban con frecuencia a Turquía donde iban a la playa y su madre disfrutaba de los mercados de Instambul, ciudad que prefería a París o Roma. Pero a Zimani no le impresionaban las playas de Anatolia porque prefería jugar en la piscina de su casa, siempre limpia y muchas veces con algún invitado cuidadosamente seleccionado por la familia. Quien diría que aquel niño se habría metamorfoseado en este monstruo al que todos temían. 

-Tómese su tiempo, Señor Zamani. Yo también soy extranjero y me he puesto muy bravo en este país. No todos nos entienden, lo sé. - y decidí esperar otros segundos más. Quizás minutos. Pero horas en mi percepción distorsionada del tiempo. Y trataba de entender qué pensaba pero no me daba ninguna señal kinética. Su cuerpo inmóvil. Sólo logré imaginarme que la noche anterior al incidente del ladrillo vengativo, Zamani cruzó el norte de la ciudad de Leeds, bajó hacia el centro, tomó un ladrillo inmenso que consiguió en una construcción y caminó hacia el sur de la ciudad. Llegó a nuestra oficina para descargar toda la rabia que tenía contra nosotros, el Home Office, las Naciones Unidas, Dios y la vida. Y todo eso con un ladrillo contra la ventana vengativa, y en esta ocasión, como en todas las demás tanto en este país, como en su nativo Irán, el azar siempre estaba en su contra y con todos sus músculos logró que la ventana le devolviera el ladrillazo. Pobre Zamani. 
Y pobre de mí, que el hombre seguía en silencio. Y pobre de mí que el gerente desapareció y el teléfono interno empezó a repicar, y yo sabía el porqué. Obviamente, la gerente, Debby. Lo desenchufé. Otra vez, atención plena para Zamani. 

-Yo no sé qué le ha pasado a Usted, pero a mí también me han pasado cosas en este país, por eso me vine a trabajar aquí, para ayudar a gente como usted, gente como yo. 

Todavía no sabía cuál era su problema, pero era fácil de adivinar que estaba furioso así que su lío era grave, o al menos para él. Por mi parte, tenía que dejarle entender que hay un ellos y hay un nosotros, hay un tú-y-yo que somos nosotros, no es muy justo con mis colegas, pero es el modo de romper una barrera. Pero nada. El seguía allí, clavado. Todavía escuchaba su respiración. Todavía tenía los codos clavados en la mesa. Todavía no lograba ver una sola señal de que me oía, de que había empatía. Y por supuesto, todavía no había aprendido que su familia cayó en desgracia por la membresía política del padre, y que la revolución los fue despojando de todos sus privilegios muy velozmente. El último de los privilegios en perder fue la libertad de la madre de usar el velo semi descubierto, en clara contravención de las reglas impuestas por los Ayatolas y rigurosamente impuestas por las guardias de la moral. Todavía acostumbrado a los privilegios de niño rico en una sociedad desigual, de niño fue forzado a ver a su madre apedreada en un juicio brutal. Y con cada piedra venían los insultos, para agregar humillación al dolor. Cada piedra que recibía la madre lo hería en el pecho, con un dolor ardiente que no se le quitaría jamás. Y así la vio morir. Y no solo se murió con el dolor de las pedradas y de la humillación, pero con el dolor de ver a su hijo viéndola, para añadir más sufrimiento. Que muerte!

Yo seguía interrogándome sobre cómo romper el hielo. No podía dejarlo ir sin solucionar su problema o mataría a alguien, o se mataría, o tiraría otro ladrillo contra una ventana, preferiblemente no la nuestra otra vez. Y el gerente volvió a aparecer por la ventanilla con su mueca de “hablamos-luego” o “te tengo-algo-que-decir. Le hice una seña de luego, una seña de espera, esperando lo mejor...Esperé un rato y dije: 

-Oye,Zamani, aquí nosotros no somos del Home Office. El Home Office se equivoca mucho, a lo mejor te podemos ayudar. 

Esperé más. Nada. Seguí esperando. 

-Zamani, oye, yo necesito ayudarte. Mira, no lo hago por el Refugee Council. Lo hago por mí. Por darle paz a mi vida. Me vine a ayudar, porque quiero ayudar a gente como tú. Pero no puedo ayudarte si no me dices el problema. 

Y por fin levantó la mirada. Me miró e hizo un gesto como diciendo “sí”, sí algo. Yo esperé. Pensé; "mirándome no podría resistir el silencio", pero aguantó. Y yo no tuve más remedio sino procesar cuidadosamente su mirada, de pocos segundos, pero es muy intenso cuando tenemos solo un gesto para entender a alguien. Esa mirada de duda, esa mirada de pregunta y esa mirada de serás-tu-el-que me-va-a-entender? Una mirada de ya no puedo más.

Hasta que por fin sacó un montón de papeles, documentos, y cosas varias que tenía en los bolsillos. Estaban arrugados, doblados, manchados de café. Tomé los papeles y vi notificaciones del Home Office sobre vivienda, sobre su “liability to detention”, es decir, que lo pueden meter preso sin razón, sólo porque ha pedido asilo, pues el asilo es un derecho que tienes, pero al pedir tu derecho te pueden meter preso, así de vulgar, casi como Chávez que amenazaba con meter presa a la gente en los programas de TV.  Pues aquí, son más civilizados, tienen jueces con pelucas blancas, y lo que hacen es mandarte una cartica con tu nombre y dirección presente, y los jueces con pelucas no cuestionan la legalidad de meterte preso sin haber cometido un delito. Civilizados, nada. Bestias insensibes. Esta cartica no es precisamente muy reconfortante cuando te la entregan al infomarte que van a analizar tu petición de asilo y tienen que esperar por meses o años. Años en el limbo, mejor el limbo que en el infierno, pero con la amenaza del infierno y para hacerlo más placentero, años donde puedes ser detenidos así, sin más, por una puntada de culo, como dirían en Venezuela. 

Esa carta, ese papel que decía liability to detention siempre se me aparecía entre los documentos de los refugiados. Era uno más. No era nunca relevante. Y sin embargo estaba allí gritándome de las injusticias del mundo. Soy venezolano, igual que Carlos, igual que Sofía, igual que Arturo, mi pana científico metido a empresario. Pero tengo algo diferente, algo de lo que no tengo mérito. Soy también italiano, mis padres lo son. Así lo dice la constitución italiana, articulo 4. A todos ellos les toca esta carta y a mi no. Yo si voy preso es por matar a alguien, por imbécil que sea. O voy preso por escribir estos cuentos, quien sabe. O porque algún cuento ofende a uno de estos de peluca blanca e inglés decimonónico.  Y ahora, saliéndonos de la Unión Europea los europeos sienten escalofríos porque su estatus es inseguro, y mira a Zamani, su estatus es detenible y deportable al infierno y no a los horrores de París o a las torturas de la dolce vita. 

Seguí mirando papeles. Leí sobre artículos sobre su madre y su padre,  cuando fueron detenidos. Leí una petición de Amnistía internacional por su padre. Leí sobre sus sonoros casos, años atrás. También leí y aprendí sobre su infancia, al leer testimonios de los familiares de sus padres, en Canadá y  Alemania. Y conseguí el que era el que le creaba este estado de enajenación. “Su petición de asilo ha sido denegada”, decía.

Pocas frases después seguía “no hay razones fundamentadas para sus miedos” pues “la experiencia sufrida por su madre, padre y hermano mayor no tienen que ver con sus circunstancias...” lo cual, por cierto, es correcto, si lo analiza una computadora programada por un robot extraterráqueo. Cómo van a decir que su miedo es infundado porque a él no lo mataron y por lo tanto no le quieren hacer nada? Qué clase de razonamiento es ese? Malparidos!

Hay que comer muchos raviolis enlatados para pensar así. O será efecto del vinagre en las papas fritas? Seguí mirando y no era fácil reconstruir el fajo de papeles de su petición de asilo pues estaba doblado, requetedoblado, y desengrapado. Lleno de palabras pequeñitas, manuscritas en el alfabeto persa, subrayados, marcas de puños, y por supuesto, estaba roto y pegado con celotape, de todo, y con todo tipo de marcas que hacían pensar que el documento estuvo en mesas, piso, papelera, basurero. Los papeles fueron pisoteados, escupidos, insultados. Cuando esas hojas de papel salieron de la fábrica, no sabían que iban a pasar por tantos vejámenes. Las hojas casi que preguntaban qué decían esas letras para enloquecer tanto a alguien. 

-Vienes para resolver este problema, me imagino? Le dije mostrándole el documento donde le negaban el asilo. 

Por fin se movió Zamani. Me miró a los ojos y algo en su mirada decía menos mal que entiendes, al fin, alguien que entiende. Pero justo en ese momento mágico apareció la gerente, Debby. Primero se apareció otra vez por la ventanilla, y luego, rompiendo la costumbre y los protocolos, abrió la puerta. 

-Fabrizio, disculpa, pero podemos hablar un minuto? 

Yo miré a Zimani para ver si tenía cara de partirle la cara a la gerente, que hubiera sido conveniente para mí, así aprende de una vez a no interrumpir las sesiones de este tipo. Pero desafortunadamene Zimani era más razonable que Debby, así que la gerente pudo conservar intactos todos los dientes, su dentadura de dentista y los huesos de la mandíbula un poco desencajada. Volvía a mirar a la gerente y le dije: 

-Claro Debby, en un momento voy- le dije, sabiendo que no tenía la menor intención de interrumpir la sesión con Zimani. 

-Si puedes ahora, mejor- me dijo con cara de “otra-vez-Fabrizio-haces-lo-que-te-da-la-gana

Zimani me miró y de alguna manera vió mi cara de “esta-cabrona-no-entiende-nada"

-Ingleses -sentenció Zimani. 

Victoria, pensé. “Este Zimani es más razonable que la jefa”, como es de esperarse. Así que le hice una seña a Zimani y le pedí que esperara un momento. Me dirigí hacia la puerta y caminé hacia afuera de la habitación. De reojo vi a Zimani que decía no con la cabeza y repitió: 

-Ingleses. 

Cuando salimos Debby, con su sonrisa críptica, típico rictus, mostrando su dentadura de dentista, empezó su sermón. 

-Fabrizio, hay procedimientos. Y hoy hay circunstancias especiales. Tenemos muchos usuarios así que tienes que ser veloz con esté señor. 

-No te preocupes, Debby, seré lo más veloz posible- dije sabiendo que no lo iba a hacer y que me metería en problemas. 

-Cual es su problema? Me preguntó. 

-Le negaron el asilo. 

-Ah, algo sencillo. -dijo con cara de quien ya sabe todo- Lo refieres a la oficina de migraciones para el regreso a su país y así puede hacer su sección 4- La sección 4 era una jerga burocrática que indicaba una solicitud de apoyo económico con vales para el supermercado y de vivienda temporal mientras se organiza su retorno. 

-Ah, la sección 4, que buena idea. - le dije sabiendo que la idea era mala, y mucho menos la prioridad  de Zamani, aunque a nadie le importe eso. Por no decir nada de que si lo primero que le hubiese dicho a Zimani es que la solución era empaquetar, nada menos que empaquetar sus cosas, e irse a Irán, buscarse algunos amiguitos entre los Ayatolas, en fin, que si le recomendaba eso, lo que habría que empaquetar serían los trozos de mi cabeza, cráneo por un lado y sesos por otro, para meterlos junto a mi ataúd que mandarían de vuelta a Venezuela. 

-Recuerda de no tardarte mucho – me dijo Debby, tal lejos de lo que yo pensaba y de lo que quería decirle: "claro, cabrona". 

Y ya iba a abrir la puerta para volver a la habitación con Zamani cuando Debby me recalcó: 

-Y recuerda que tienes que seguir los procedimientos, Fabrizio. Necesitas el guardia de seguridad, es una persona peligrosa y tenemos información confidencial que es intransigente.- y me dio una palmadita y me guiñó el ojo como diciéndome “eres-un-niño-tremendo-y-te-tenemos-que-cuidar"

-Ya se calmó, no te preocupes -respondí- y no creo que sea demasiado intransigente – le dije, sin agregar, porque aún no lo sabía,  que más intransigente fue ella al interrumpir la sesión para decirme que me dé prisa mientras que él, que teme por su vida y vió morir a su madre asesinada, aceptó que interrumpiéramos la sesión. Y de pronto me quedé ensimismado con la facilidad con la que lo calificaba de intransigente. Y es que me pasa que a veces me quedo enfrascado en las cosas que dice la gente, sobre todo cuando son muy tontas y no puedo responder. Y me decía, “y tu, cabrona, de verdad eres tan tolerante y abierta a la negociación, lo llamas intransigente y tú me interrumpiste un montón de veces, qué harías tu si se te pincha la bicicleta de mierda, y a este lo criticas por intransigente, ve a freír mono como decimos en Venezuela".

-Estás seguro? -Me dijo ella. 

-Seguro de qué -mis pensamientos me hicieron perder el hilo. 

-De que va a ser, Fabrizio, de que se calmó. 

-Ah, claro, sí. Estoy completamente seguro–dije, sin estar seguro para nada, pero a toda costa tenía que evitar tener un guardia de seguridad metido allí: hubiera destruido la atmósfera que había apenas logrado construir. 

Por fin volví a la habitación donde estaba Zamani. Qué alivio. Me senté. Tomé aire. De verdad que estaba echando de menos las venas salidas, y los codos clavados en la mesa de Zamani. Mejor que aquella loca con su institucionalidad inservible que me obligaba a ser hipócrita. 

-Qué quería tu jefa? Dijo Zamani. 

-Nada. No tiene que ver contigo, no te preocupes. Es que tenemos un problema con las alarmas, no te preocupes. -le mentí. Por supuesto que no le iba a decir que a ella no le gusta que resolvamos los problemas de acceso a la justicia. 

Tomé en mis manos el manojo de papeles que en algún momento fueron la respuesta a su petición de asilo. Yo ya me imaginaba, porque era frecuente que fuera así, que su problema era que el abogado no lo quería seguir representando y él quería que lo hiciera. La lógica en este país era muy sencilla. Los abogados son pagados por el mismísimo Home Office, y la condición para ser pagados es que ganen el 50% de los casos o más ante una corte de apelación. Esto para decirlo en anglosajón, porque en venezolano somos más prolíficos explicando esto que, en fin, es como una especie de apuesta entre el Home Office y el abogado, y en esta apuesta el Home Office dice algo así como: 

-Oye abogado, ven acá, que aquí hay pa los dos. Si me ganas la mitad de las veces, te pago por todas; si pierdes, te quedas sin contrato, te buscas otro trabajo y escribes cuenticos con Fabrizio, que nadie lee, o se ponen juntos a cantar rancheras en el metro de Londres. Estamos claros, no? 

-OK, dice el abogado que tiene una hipoteca que pagar, además de las dentaduras de dentista para sus hijos. 

Bueno, la idea de la apuesta no es mala. Ha permitido al capitalismo anglosajón sobrevivir a todos sus errores, pero estamos en Inglaterra, y esto no hay que olvidarlo jamás: siempre hay una letra pequeña y la letra pequeña es lo único que cuenta. Así que el Home Office para pagar su apuesta dice, otra vez en buen criollo venezolano: 

“Bueno, guevón, no te voy a pagar por todo tu trabajo, sino solo por una cantidad de horas pequeñitas, no mucho, no te la voy a poner manguangua (demasiado fácil), y si te pones a investigar y a ponerte con intérpretes y demás no te pago nada de esos lujos, ni siquiera el lujo de entender de qué tiene que decir tu víctima a través de alguien que hable su lengua, ni que fuera pendejo, ni para que decirte que si te pones a averiguar exactamente por qué todo lo que nos inventamos es mentira, pues lo pones de tu bolsillo y tu sales perdiendo. Bueno así. Mitad pa ti, mitad pa mi, que de este cochino vivimos los dos". 

Le pagan una cantidad de horas. Y si el caso se puede apelar con un "copiar y pegar" de otros casos, tiene chance. Si no, no. Así que los abogados, que creen la justicia y son demócratas y defienden a los derechos humanos, terminan más comprometidos en flotar con dinero fácil que estar salvando vidas a su coste.  Así que constatando la realidad, le pregunté a Zamani:

-Así que quieres que te busquemos un abogado o quieres que hablemos con el tuyo? 

-Por favor- me dijo. Como si fuera una respuesta clara. 

-No te preocupes. Lo primero será llamar a tu abogado.- lo cual vale para cualquier cosa que él hubiese pensado que era obvio. 

Llamé a su abogado. Atendió la recepcionista de la firma legal. Después de las formalidades de la presentaciones me dice. 

-Oiga, disculpe, pero qué nacionalidad es nuestro cliente. 

-Iraní.
-A no, no se puede.
-Como que no, por que.
-Tengo instrucciones. No iraníes.

-Bueno, entiendo eso. - por spuesto que hay mucho que entender. Es una discriminación descarada y confirma que si en este país no prohiben joder de alguna manera, entonces de esa manera es que te van a joder. No se analizan las peticiones de asilo por mérito, sino que se discrimina por nacionalidad, vaya. 

-Puedo ayudarlo con algo más.- me dijo con el típico tonito de no-moleste-más-con-este-asunto y prepárese que le tranco el teléfono sin que ud pueda decir que no le dí la cortéz oportunidad de hablar de otra cosa. Típico. 

Sí, entiendo, no iraníes. Pero esta persona era su cliente. Esperó por años y contaba con sus servicios de abogados y de pronto lo abandonan sin más. No tiene detalles. 

-Bueno un abogado revisó su caso y recibió su carta. Su petición de asilo carece de evidencias, es débil. 

-Y cómo lo sabes si eres una secretaria sin entrenamiento legal? Provocaba preguntarle. Pero no valía la pena. Ya hacía tiempo que conocía la explicación. Es muy simple. Si su cliente es iraquí, su petición de asilo será aceptada, si era iraní no. En Alemania los jueces pensaban lo contrario que los jueces ingleses. Pero había que seguir. 

-Y cómo sabe que recibió todo si no sabe de quien le hablo, disculpe. - Le pregunté. 
-Por favor, nombre del cliente? 
-Nosequé Zamani.
-Fecha de nacimiento 

Y seguimos el típico protocolo de seguridad. 

-Bueno, ya le dije, aquí dice que recibió su información. Su caso no es fuerte. Para nosotros el caso está cerrado, lo siento. 

-I am sorry.- repetía Zamani, en su silla. Por el tono que usaba me hacía pensar que él también se mofa de lo tanto que dicen lo siento cuando no sienten nada, sobre todo cuando el tono de voz solo indican que sienten un gran desprecio y desinterés. Yo por mi parte tenía ganas de gritarle que son unos peseteros, que no tienen ningún compromiso con la justicia, pero mi rabia solo me podría conducir a que levantaran una queja contra mí, pero arriesgar la queja a lo mejor valía la pena, pude haber pensado, porque así al menos Zamani sabría que estaba de su parte. 

-Los ingleses son así, ya sé, me imagino lo que dice. - dijo Zamani, adivinando acertadamete las respuestas de la recepcionista. 

Y empecé a darme cuenta que Zamani conocía más de lo que parecía el país en el que vivimos. Por una parte quería decirle que hay ingleses que no son así, como Sue. Pero mayor era la tentación de gritarle a esa secretaria para que él entendiera que estaba de su parte. Pero a este punto podría pensar  que el podía entender que no me queda más remedio que mantener las formas profesionales, como que si ser profesional tuviera algo que ver con ser indiferente. Y apenas tranqué el teléfono me comentó Zamani: 

-Bueno, ahora llegó la hora de buscar otro abogado, uno que crea en la justicia. 

Yo de pronto confirmé que estaba frente a alguien de gran inteligencia y no una simple bestia salvaje, por más enloquecido que fuera apedrear nuestras ventanas antibalas. Con razón cuando le pregunté si llamo a su abogado o busco otro me dijo, simplemente, “por favor”. Ya él sabía de antemano cuál era el libreto. Qué alivio, por fin. Ahora iba a buscar el teléfono en mi libreta de un abogado iraní, de cultura italiana, que había estudiado en la misma universidad de mi papá, la Sapienza. Le quería comentar a Zamani acerca de este abogado, con quien por cierto disfrutaba hablar, y que me premiaba por permitirle habar italiano tomando más casos de iraníes de lo que era razonable. Pero la suerte suele ser escasa y en ese momento, justo allí, apareció Deby otra vez por la ventanilla. Otra vez con sus muecas de “te-tengo-que-decir-algo" y movimientos circulares de la mano, a modo de robot. 

-Allí está tu jefa otra vez. - dijo Zamani, y dio un puño en la mesa. 
-Voy a llamar un abogado que creo que te podría ayudar.- 
-Prefiero que llames a este otro, - y sacó una tarjeta. 

Qué gran casualidad. Era el mismo abogado. Gran casualidad, nada; ni que hubiera muchos abogados iraníes comprometidos y en esta región, además. Empecé a discar el número de teléfono, pero la Debby, la jefa, entró con el guardia de seguridad. 

-Estás bien, todo bien? 
-Sí todo bien. 
-Por favor puedes venir un momento. 
-Si claro, apenas termino, que estoy en el teléfono con alguien 
-Puedes llamarlo luego. 

-No, no puedo, estoy esperando porque está buscando unos documentos para mi, está en línea y me pidió que esperara- le menti, mientras sostenía el teléfono bien pegado del oído para que no se oyera el pitido de ocupado. 

-Ok, te espero, dijo la jefa. Y se fue. 
- Qué crees que quiere,- me pregunto Zamani apenas se cerró la puerta. 
-Nada. Quiere que me apure y tuvo miedo del puñetazo. Pensó que me ibas a matar, dije bromeando. 
-Qué puedo hacer para que te dé más tiempo. 
-Rellenar una planilla del sección 4. - Y se la dí. 

Como el abogado no contestó porque el teléfono seguía ocupado, salí a hablar con la jefa. Le expliqué que después de muchas preguntas de su parte, Zamani había decidido aplicar a la seccion 4. La jefa me felicitó. Volví con Zamani. 

-Tenemos unos minutos más, Zamani. - Le dije.

Volví a discar el teléfono y me dí cuenta que había algo absurdo en la situación. Cómo es posible que Zamani tuviera este contacto y me diera el número de teléfono y él no hubiera llamado o se hubiese aparecido en la oficina. Pensé que este era un tipo inteligente, no parecía tímido para nada, de hecho llegaba vuelto Hulk en cada sitio a donde iba, y a mí no me cuadraba. 

-Quieres hablar tu una vez que respondan? Le pregunté. 

-No!!! Por favor! Si ese es el problema, la secretaria no me deja hablar con el abogado. 

Repentinamente recordé que mi papá decía algo así como que tener un amigo ministro era tener un buen contacto, pero de poco servía si no te hacías amigo de su secretaria. Y aquí estaba Zamani dándome evidencias que la intuición sociológica de mi padre era correcta. Esperé al teléfono, me atendió la famosa secretaria, que detentaba las llaves del poder, hasta que por fin hablé con Izadi, el abogado iraní. Tuvimos una relativamente larga conversación como saludo, sin referirnos a la persona que le quería referir. Simplemente a Izadi le gustaba conversar en italiano, de lo que fuera. Pero cuando le comenté de Zamaní, me cayó un baño de agua helada encima, que por suerte fue en un idioma que Zamani no entendía. 

-“Me ne vado” Me voy. Me mudo de país. Me voy a Canadá donde tengo familia y donde no tengo que pasar por estas cosas que pasan aquí. 

-Me alegro por ti, Izadi. He oido cosas muy buenas de Canadá. Muchos amigos viven allí y adoran ese país. Suerte. "In bocca al lupo". 

-Oye por qué me llamabas? 

-Quería referirte a un cliente iraní. Típico caso donde los abogados aparentan representar a sus clientes, pero cuando llega la hora de ir a tribunal, le dicen que su causa es débil. 

-No te voy a poder tomar el cliente, lo siento. Mi ida es inminente. 

-Me lo imaginé Iza, pero no podrás dejarle el caso a uno de tus colegas. 

-Imposible, ya les dejé un montón de casos que ellos creen perdidos. Mis clientes quedarán desamparados. 

-Bueno, Iza lo siento por mi usuario, le diré. Otra vez, in bocca al lupo, suerte 

Ahora llegaba la hora de hablar con Zamani. Traté de tomar fuerza. Cómo le digo que el abogado amigable con los iraníes y que además habla persa se va del país. Ya me disponía a hablar con Zamani pero Debby, la gerente se apareció otra vez. 

-Fabrizio, podemos hablar un minuto? 
-Bien, déjame un segundo con Zamani y voy afuera y hablamos. 

Salió y Zamani vino en mi rescate, del modo más insospechado. Por un segundo pensé que había entendido la conversación, pero vi que no, que simplemnte me estaba ayudando a controlar a mi jefa. 

-Oye Fabrizio, -dijo Zamani- dile que me voy a suicidar. 

-Cómo así? Te vas a suicidar? 

-No seas tonto. Entiéndeme. Si le dices que te dije que me voy a suicidar tenemos más tiempo para hablar. Vas a tener que seguir otro protocolo. Tu arreglas todo en las notas y ya. Y mientras estoy aquí seguimos con lo del abogado. 

-Ok, me parece una buena idea- le dije, con admiración a su inteligencia. 

Pero aunque la idea fuera buena, lamentablemente podría ocurrir que de verdad que a Zamani se le podría ocurrir suicidarse si se enterara que el abogado que representa su esperanza se va del país. Era irónico que el “monstruo Zamani” me ayudaba a controlar la personificación de la burocracia aparentando decir algo que probablemente pensaría cuando le dijera lo que tenía que decir. Salí a hablar con la jefa enredado con mil ideas en la cabeza.

-Hola Debby, tengo una situación delicada. -Dije

-Fabrizio, tienes que terminar. Tienes que ser profesional. no puede ser que te tardes tanto llenando una planilla del section 4. Yo sé que eres una buena personal pero hay que tomar distancias. Otra vez me miraba con carita de Fabrizio eres un niño tremendo pero te tenemos que controlar.

-Debby, me acaba de decir que se va a suicidar. 

-Bueno ya sabes lo que le tienes que decir, ve y asegúrate de referirlo adecuadamente para que atiendan su salud mental. Y no te olvides de escribir tus notas con mucha atención. 

Seguro- y fui a hablar con Zamani. Entré a hablar con él e inmediatamente me preguntó:

-Ya te quitaste de encima a esa monstruo? 

-Por un rato. Se supone que te tengo que referir a los servicios medicos especializados y alertar a las otras organizaciones sobre tus intenciones. 

-Y se te olvidó que tienes que decirme que tienes que romper mi expectativa de confidencialidad porque tienes que proteger una vida. 

-Exacto. 

Le expliqué todo a Zamani sobre el abogado. Pobre. Seguimos el protocolo, lo referí por supuesto. Quedamos en que volvería para tratar de referirlo a unos abogados de Londres. El me dijo que conocía abogados en Londres. Y Zamani se fue tranquilo. Muy tranquilo. Yo estaba contento porque me ayudó a controlar a Debby, que resultó ser mucho más complicada. 

Y pocas semanas después la jefa me llamó a su oficina. Tenía una cara indescifrable. Y me dijo. 

-Tengo dos noticias, una buena y una mala. Empezamos con la mala. 
-OK 
-Zamani se suicidó 
-Y la buena? 

-Te estuvieron investigando. Hiciste todo lo correcto. Lo referiste, alertaste a las autoridades competentes, tomaste nota de la ley de protección de la información y tus notas son perfectas. Todo muy profesional. 

-Gracias.

giovedì 5 marzo 2020

Two questions for Mamostá

                      Translated by Derekk Ross




Zaid was a client of the British Refugee Council, where I used to work, and the first time I saw him it was my job to take down his details - first name, surname, nationality - in order to register him on the system. The moment I asked him whether he was Muslim (following the questions on the proforma which I had to follow) he accused me of being a racist.

My immediate thought was that I was dealing with another of these stubborn, pig-headed types, but at the same time there was something about his aggressive behaviour which I quite liked, even if it was directed towards myself. Towards myself, yes, but only accidentally. I showed him the form I was filling out, in which there were boxes containing the names of the most common religions of the people who attended the refugee service.


"Look", I said to him, "It's of no interest to me personally what your religion is; I have to put something down, and the first box in the list asks me to put a tick if you're a Muslim". - The form wasn't my own design but merely a procedure I had to follow.


I should explain - I didn't understand his rational: he was Iraqi, or some such culture; his name was Zaid or whatever, he's from the Islamic world, although more atheist than Voltaire; and indeed all the Iraqis I know - and I know a lot - are Muslim. In other words I didn't have the remotest idea what was going on in his mind for saying what he said, but I was convinced nonetheless that he was an interesting person - really interesting - if categorically wrong. And however huge the fallacy of his argument, this moment, this moment in particular, was not one for discussing his reasoning. So I limited my response to simply showing him that I was not a part of the prejudice that he carried around with him. I made sure that he could see clearly the form on the screen. He leaned in, looked very closely and then nodded, as if to say I knew I was right, and then he said,

"There are several options. Only one of them is Muslim. Others are atheist or agnostic. Why did you assume I might be Muslim?


This guy thinks that he is smart, I thought. And also - I continued to think - of course! He's assuming I think everyone in Iraq is Muslim - though of course that's not at all what I was thinking. Probably none of my colleagues would know anything about this (at least not Paul, Vicky, Debby and William, as they never read anything about anything, not even the few university students - their weekends are dedicated to their family or partners, or to just getting drunk, if they happen to be single) but in Venezuela I had learnt about the Kurdish people and I knew something of Iraq. And I knew all this without even knowing a single Kurd or a single Iraqi. Some of it came from a leaflet published by the Centro Gumilla - to whom I am more indebted for my education than my actual Alma Mater - and other bits came from reports I had read earlier, published by the MIR (Revolutionary Left Movement). So I knew that there were Jews in Iraq too, although Saddam Husain had tried to eradicate them, and of course I could guess that there were many atheists, as the Ba'ath party was secular and had support from amongst the non-religious.

And this Zaid smart arse thinks I'm as ignorant as everyone else. But all the same, I wasn't going to fall into the trap of saying, "Yeah, I knew they weren't all Muslims". And then a more interesting idea occurred to me:

This guy could be a religious dissident, someone who doesn't fit in with the general culture of his country and is asserting his identity, and I, stupidly, by following the procedures of this British burocracy, was unequipped to have the sensitivity of asking him about these things. Who's to tell me not to follow my own instincts and intuitions? (which actually happen to be better!)


But I knew I wasn't there to show any solidarity with his political stand so I defended myself through purely statistical argument. I said to him, "Listen, the majority of Iraqis are Muslim. All those that have come here are Muslim. But the important point thing is that I personally don't have anything against Muslims." And he nodded as if to say, "So you're agreeing with me". And I continued to feel a little uncomfortable.


"So you see, I'm not being prejudiced here in the way you thought I was. Because yes, it's merely a statistical probability, and I have no negative feelings about it either way. I'm just filing in the form."


"Are you a Muslim?" He asked.


"Me? No. What's that got to do with it?"


"It has everything to do with it. Are you a believer?"


And his question annoyed me because I was losing the time I had left to interview people and if I had problems to sort out I was going to have to meet with my bosses, who only assessed my work by the actual length of the sessions. So I told him,
 "No, I'm not a believer" and he immediately added,
"And if you're a non-believer then you assume that all religions are a made up fantasy, an elaborate superstition, don´t you?"


And I had to answer him with care because I could see that I was dealing with someone difficult, astute, capable of reasoning, but stubborn and misguided, happy to waste my time. To be honest, I didn't want to argue.


"Yes, I have my own beliefs about religion, naturally, but I don't judge people by their religion and I've known very intelligent people who are believers and also stupid people who are atheists, but please, can we move on, otherwise if you need help I'm not going to have enough time..." But he interrupted me:


"-It seems to me that you think there are believers who are intelligent despite the fact that they are believers, and stupid people who despite being stupid are atheists"

I was getting quite annoyed by this point and I lent back in order to listen to his little arguments, which isn't to say they were bad, but this wasn't the time - he wasn't gaining anything from this and anyway he was completely wrong.

"...Anyway", Zaid went on, "intelligent people are influenced by science and think religion is less important. And you assumed I'm from the Middle East and because of that, I'm stupid and a believer"

"Look, I promise you, I didn't assume you were stupid. Just that you were a Muslim, and I was wrong there. It was an error and I corrected it so let's move on. What was I supposed to have done anyway? What question should I have asked you?


"You should have asked, 'Do you have a religion?' "


"Ok, I'm sorry."

What a pain this guy is, I thought, and I got ready to finish the rest of the questionnaire as quickly as possible. Time was moving on and the managers would be complaining that I was too slow. Of course an English person on the desk would have said from the start "This is about your religion, not mine, so let's have an answer". But here I was with all these digressions and this smart Alec with his idiot face. So I said to him,

"Ok, let's start again. Do you have a religion?".

And without waiting for his reply I put a cross in the box that said 'non-believer'. I was happy that this point had been resolved. But then he replied:


"Yes. I am a Muslim".

So that was Zaid. He liked an argument and he was good at it. And no presumption was correct. He had already defeated me twice, intellectually, but in an unfair fight because I had nothing to do with the design of these proformas. I asked him to consider better use of his time - which wasn't unlimited - and said I did want to help him: what was it that was bothering him? And he looked at me as if to say Let's see what you're going to come up with now.


The next question was about languages. No chance of messing this one up. No way he could lark about this time. He was an Iraqi. But he was good at arguing (if somewhat inappropriately), and so this is how I asked him about language:


"Languages that you speak. Arabic and English?"


"I don't speak Arabic"


Don’t fuck about with me, I thought. This guy is Iraqi and he's gonna tell me he doesn't speak Arabic? In Iraq they speak Arabic and this one even speaks English. So how is that possible? I felt trapped: It could be that in some villages in northern Iraq, in Kurdistan, they don't speak Arabic but this guy speaks like he's educated and his English isn't at all bad. So, I was a bit intrigued, but I carefully followed his previous 'lesson', almost like I was playing his game:


"Sorry. 'What languages do you speak?' ", I asked him.


"Kurdish and English"


"Ok, sorry. I just assumed you must speak Arabic"


I was trying to apologise so as not to fall into another diplomatic incident with Zaid, now that I could see what a difficult type of person he was. On the other hand, I was thinking: this is happening to me because of the way I am. It wouldn't be like this with someone else in my place because his prejudice would have been cut short from the very start and this Zaid guy would have found himself at the mercy of the Institution. In any case, an English colleague would have just said to him the complaints form is over there on the right, there you go. Or he'd have refused to deal with him, and that would've been that. And here I am trying to negotiate with his prejudices. It's not by chance that my sessions were always the longest. But hey, I carried on regardless in my own style - which was, nonetheless, detrimental to me. I continued:


"Very sorry. I thought that schools in Iraq taught in Arabic"


"Yes, they do speak Arabic in Iraqi schools"


"Ah! So you didn't study in Iraq?" I asked, hoping that would clear up the mystery.


"Yes, I studied in Iraq. School and University"


His answer intrigued me because here he was telling me more than what I'd asked for, when up to now he'd always shown himself to be very sparing in the information he gave out. Clearly he did want to talk, though I didn’t want to argue. But still I couldn't resist asking him:


"So the teaching isn't in Arabic?"


"Yes, the schools and universities are in Arabic", he said, without further comment, as though it were all completely logical.


"But yours weren't in Arabic?" -there was nothing but that left for me to ask.

"Yes they were in Arabic. I studied in Arabic."


"Then why do you say you don't speak Arabic?"


"Because... I don't speak Arabic because I don't want to."

mercoledì 26 febbraio 2020

Dos preguntas para Mamostá (de la serie el Maldito migrante)



Zaid era un usuario del British Refugee Council, donde yo trabajaba, y la primera vez que lo vi me tocó tomar su nombre, apellido, nacionalidad, para registrarlo en nuestro sistema. Apenas le pregunté si era musulmán, siguiendo el formato de la planilla que yo estaba obligado a llenar, él me respondió que yo era un racista.

Inmediatamente pensé que estaba frente a un usuario de esos bien testarudos, pero también hubo algo en su agresividad que me gustó, aunque iba dirigida contra mí. Contra mí, sí, pero por accidente. Y entonces le mostré la planilla que yo estaba llenando, donde había unas casillas donde estaban indicadas las religiones más frecuentes de los usuarios del servicio para refugiados.

-Mira, le dije, no es que a mí me interesen las religiones, es que aquí lo tengo que responder, y la primera cajita es para poner un X si eres musulmán. -

Y le mostré bien la planilla para que viera que no eran cosas mías, que era un procedimiento. Y tengo que aclarar que yo no entendía qué tipo de razonamientos él hacía, pues él era iraquí, o sea de otra cultura, se llamaba Zaid, o sea, viene de un mundo islámico aunque fuera más ateo que Voltaire; y, por cierto, todos los iraquíes que yo conozco, que eran muchos, son musulmanes. En otras palabras, no tenía ni la más remota idea sobre lo qué tenía en la cabeza para pensar así, pero yo estaba seguro que seguramente era interesante, muy interesante, pero rotundamente equivocado. Y por grande que fuera la falacia sobre las cuales razonaba, este instante, justo éste, no era el momento de discutir sus razonamientos. Así que me limité a mostrarle la evidencia de que yo no cuadraba en los prejuicios que él traía. Y me incliné bien para que viera la hoja. Él se inclinó, miró cuidadosamente y asintió con la cabeza como quien dice, yo sabía que estaba en lo cierto, y me dijo:

-Hay varias opciones, una es que yo sea musulmán. Otra es que yo sea ateo o agnóstico. ¿Por qué asumiste que podría ser musulmán? -

Este se las quiere dar de listo, pensé. Y además, seguí pensando, seguro que asume que pienso que todos son necesariamente musulmanes en Iraq, y por supuesto que no pensaba eso. Podría que mis colegas no lo supieran, al menos no los ingleses pues no leían nada de nada, ni siquiera los pocos universitarios, y los fines de semana se dedicaban a la familia, o a emborracharse si eran solteros. Pero yo algo había aprendido del pueblo kurdo en Venezuela, y algo sabía de Iraq. Y lo sabía sin conocer un solo kurdo, ni un solo iraquí. Un poco por un folleto publicado el Centro Gumilla, a quien estaré endeudado por mi formación más que a mi alma mater, y otro poco por informes que tiempo atrás había hecho alguien de la dirección del MIR. Así que sabía que había judíos, aunque Sadam Hussein trató de eliminarlos, y por supuesto, podía adivinar que había muchos ateos ya que el mismo movimiento baatista era secular y con apoyo entre los no religiosos. Y este listillo de Zaid piensa que soy tan ignorante como los demás, pero igual yo no iba a caer en eso de decirle “ya sabía que no todos son musulmanes". Y una idea aún más interesante se me cruzó por la cabeza. “Este puede que sea un disidente religioso, alguien que no concuerda con la cultura general de su país y está afirmando su identidad y yo, por tonto, por seguir estos protocolos de esta burocracia británica, no tuve la delicadeza de preguntarle bien las cosas”. Quien me manda a no seguir mis propios instintos e intuiciones, que son mejores...” Pero yo sabía que yo no estaba allí para mostrar mi solidaridad con su situación política, así que me defendí utilizando el puro argumento estadístico. Le dije:

-Oye, la mayoría de los iraquíes son musulmanes. Todos los que han venido aquí son musulmanes. Y lo más importante es que yo no tengo nada contra los musulmanes. -

Y el asentía con la cabeza con una expresión de “me estás dando la razón” y yo seguía un tanto incómodo.

- Así que no tiene nada de prejuicioso que lo haya pensado, pues es lo estadísticamente probable y no tiene nada negativo para mí, solo estoy llenando la planilla.

-Y tú eres musulmán? - Me preguntó.

-Pues yo no, y eso ¿qué tiene que ver?

-Tiene que ver. ¿Eres creyente? - y me fastidié con su pregunta porque tenía una cantidad reducida de tiempo para entrevistar a la gente y si tenía que resolver algún problema, me iba a encontrar con mis jefes que solo juzgaban mi trabajo por la duración de las sesiones de trabajo. Y le dije

-Pues no soy creyente. -e inmediatamente agregó:

-Y si eres no-creyente entonces asumes que las religiones son todas unas entelequias, son supersticiones elaboradas. ¿Es así?

Y tuve que responder con cuidado, porque ya veía que estaba frente a alguien difícil, astuto, capaz de razonar, pero testarudo, errado y con ganas de perder el tiempo. La verdad es que no quería discutir.

-Tengo mis creencias sobre la religión, por supuesto. Pero no juzgo a las personas por su religión y he conocido gente muy inteligente que son creyentes, y tontos que son ateos. Pero por favor, pasemos a otro tema, que si necesitas ayuda voy a contar con poco tiempo...-pero me interrumpió:

-Me parece que piensas que hay personas creyentes que son inteligentes a pesar de ser creyentes y tontos que a pesar de ser tontos son ateos.

A este punto ya yo estaba bien fastidiado, y me recliné para oír su discursito, que no es que estuviera mal, sino que no era el momento, el no ganaba nada con eso, y, además, de ninguna manera tenía razón.

-En fin, -siguió Zaid- los inteligentes están influidos por la ciencia y le dan menos importancia a la religión. Y tú asumiste que yo soy del medio oriente y por lo tanto tonto y creyente.

-Oye, te prometo que no asumí que eras tonto. Solo que eras musulmán y fue un error. Fue un error y ya tomé nota de ello, así que sigamos. Que tendría que hacer, ¿cómo debí preguntarte?

-Debiste preguntar. ¿Tienes una religión?

Ok, me disculpo –que ladilla con esté listillo, pensé. Y me preparé para responder el resto del cuestionario lo más pronto posible. El tiempo arrecia y los gerentes se quejaban que yo era más lento. Por supuesto, los ingleses le hubiesen respondido a la primera "es su religión, no la mía, así que responda". Y yo aquí con todas estas disquisiciones. Y este listo me vió cara de pendejo. Así que le dije:

-Bueno, déjame empezar por el principio. ¿Tienes una religión?

Y sin esperar su respuesta marqué con una X que no era creyente. Estaba feliz de haber terminado con este incidente. Y entonces él me respondió:

-Sí, soy musulmán.

Así era Zaid. Le gustaba argumentar y era sólido, y ninguna presunción era correcta. Me había derrotado intelectualmente dos veces, pero en un duelo injusto porque yo no hice esas planillas. Le pedí que considerara aprovechar su tiempo, que no era ilimitado y yo tenía la intención de ayudarlo, cualquiera que fuera el problema que lo aquejaba. Y el me miraba con cara de “a ver con qué me sales ahora.

La siguiente pregunta era los idiomas que hablaba. Aquí no había posibilidad de equivocarse. No había nada en juego. Él era iraquí, argumentaba de manera sólida, aunque fuera inoportuno y le pregunté sobre el idioma así:

-Idiomas que hablas, árabe e inglés?

-Yo no hablo árabe.

No me jodas, pensé. Este es iraquí y me va a decir que no habla árabe. En Iraq hablan árabe y éste hasta habla inglés. ¿Cómo es posible? Me sentí entrampado, pues puede que en algunas aldeas del norte de Irak, en el Kurdistán, no hablen árabe. Pero este habla como alguien escolarizado y su inglés no está mal para nada. Así que estaba intrigado, pero seguí su lección anterior, casi que a modo de juego.

- ¿Qué idiomas hablas? Disculpa. - Le pregunté

Kurdo e inglés.

-Ok, disculpa, pero había pensado que hablabas árabe.

Quería disculparme para no caer en otro incidente diplomático con Zaid, que ya está visto lo difícil que era este personaje. Por otra parte, pensaba que estas cosas me pasan a mí por ser como soy. A otro no le salen con esto, porque desde el principio le hubiesen salido con un corte a sus prejuicios, y el Zaid se hubiese rendido frente al poder institucional. En fin, el colega inglés le hubiese dicho que a la derecha estaba la planilla de quejas y ya. O hubiese renunciado a atenderlo y ya. Y yo aquí tratando de dialogar con sus prejuicios. No es casualidad que mis sesiones fueran más largas. Pero seguí con mi estilo tan perjudicial para mí. Y seguí:

- Disculpa de verdad. Yo pensé que las escuelas in Iraq eran en árabe.-

-Sí, en las escuelas iraquíes se habla árabe.

-Ah, ¿y no estudiaste en Iraq?, pregunté, pensando que se aclaraba el misterio.

-Sí, estudié en Iraq. Escuela y universidad. -

Su respuesta me intrigó pues me dijo más de lo que le pregunté y hasta ahora siempre se había mostrado muy parco a la hora de hablar. Obviamente quería hablar, aunque yo no quisiera discutir. Pero no pude resistir preguntarle:

-Y la escolaridad no es en árabe?

-Sí, las escuelas y la Universidad son en árabe. - me dijo sin agregar más, como si todo tuviera lógica.

-Y las tuyas no fueron en árabe? -No me quedó más remedio que preguntar.

-Si, fueron en árabe. Estudié en árabe.

-Y por qué dices que no hablas árabe?

-Porque no hablo árabe porque no quiero.


domenica 2 febbraio 2020

The impostor and his farce (from the collection "the bloody migrant")


(Translated by Stella Heath)

Original Spanish version here



Cutting grapes many years later, I still remember that July afternoon as I left the office, completely convinced that my farse would be out over that weekend. What I hadn't dreamt of was the kind of mess I would be in, and to what extent. I imagined the obvious then, that I would be found out. I had lied to get the job, and now I would be forced to pay with the greatest of humiliations:  disgrace. That afternoon, which I remember as if it were yesterday, I was walking along with my mind elsewhere, reflecting on how I had come to this. I get anxious about anything, even watching a film where the innocent hero might be misunderstood and face a row with his beloved wife. I get l flustered and turn the set off to avoid the anguish. I hate it. And that July afternoon, when I felt that the lie with which I'd got the job would at last come to light, my breast choked up in the middle of the road, leaving me almost breathless. First I felt the throbbing, then I felt the heart attack looming as it has done since I became a hypochondriac, and finally I felt my heart would leap out of my chest, and I almost suffocated. I thought that -to calm down- I needed to assume that the farce would wind itself down, and all I had to do was to think it over. 'When did I become a fraud?' I thought. I know very well what day it was- it was when I listened to the adviser, the Chinaman, that refugee adviser who spoke as if he had all the answers.

Yes, it was that Chinaman who convinced me that a farce was the only way to go. In short, that I had no choice but to be an impostor, a bit of an impostor at least, but a fraud after all. I was thinking and thinking and I didn't even notice whether the sun was shining, unusual in England, or whether it was just another of those days of never-ending English rain. How could I notice anything! I was so rapt in my waking nightmare that I forgot which side of the road cars go on in England and on crossing the street I was almost run down by a van which was driving perfectly normally, and of course on its own side of the road. I heard his British insults, nothing to do with the crudeness and mother-related slurs of Venezuela, but I just walked on because the driver didn't manage to come up with an insult strong enough to drag me out of my thoughts and fears, and neither did he threaten to kill me, which might have been a solution. For the record, I'm not naturally freakish. My circumstances are, and I adapt. Anyone who knows me knows that I've always been basically a decent person, other than an oddity here or there, nothing major. And it all started when I spoke to the Chinaman, well, not actually a Chinaman, but that's another story, he was another fraud, he told me himself, but I'll tell that one some other time. The Chinaman, who wasn't really Chinese, told me that here in England it doesn't matter what you're capable of, what you've done or what you've studied in your own country. That's what he said, and it's something that I'd somehow already got an inkling of. Not an understanding as I understand it nowadays, because getting to know a country is a long process. But I'd got over that initial phase, when you get to know the place as a tourist, that is to say, as someone who thinks he understands everything, and everything is more or less fine.

The way from work to the railway station wasn't very far, but somehow it felt like a long way, what with the hypochodriac heart attack, actually being run over, British insults, the waking nightmare, memories of the conversation with the Chinaman, and the inquisitive looks of passers-by who were totally above suspicion but who seemed to be accusing me of being the great fraud. I put myhands in my pocket to feel the cellphone, because the office cellphone was the means of my destruction, to see if by any chance I didn't have it and I'd made the whole thing up, but there it was, in my pocket. And it might ring at any moment. And my inability to solve the problem would give me away. And the truth would be out. Who ever told me to accept a job I hadn't the competence to do. Who else would get into this mess. Me and my freakish life. What would my Venezuelan mates say if they knew what I'd got myself into here in England. It's just as well they don't know.

And the Chinaman was right, but I had not as yet lived long enough in this country to grasp the full meaning of his claims. But I had suffered enough to know that he was right and that I had to live the farce, the great fraud, if I wanted carry on and get ahead. Otherwise I would be stuck in unskilled zero-hours jobs, on minimum wage and what have you, so I had to do it. I had to lie. My skills from Venezuela were useless, so I had to reinvent myself. And I did.

The truth is, if you think about it, anybody could accept a little white lie, if there was at least a grain of truth in it. Something like saying you have experience in working with a computer programme, when in fact you're experienced in a similar programme and you know the one in question. So, a little white lie. But the lie I had to tell was the biggest whopper you can tell in England. I had to say that I understood English. Well, what could be worse? But of course I managed to make it worse.


To be clear, I did understand some English, but the slow, cultivated, deliberate English of foreigners, not lively, everyday English in local accents. I could also halfway understand written English, scientific and Latinized. But how was I supposed to understand the dialect of Yorkshire, Lancaster or Liverpool? That English I didn't understand at all, that is to say, I didn't understand real English. Or rather, I only understood the English from the intermediate English course. Not much more than Venezuelan secondary school English, two hours a week, and what's more they slotted it in as a rest from the serious, demanding, boring courses like Physics, Chemistry and the rest. I cursed my Venezuelan education a thousand times. The thing is, in Venezuela we learn to pass English exams, a little grammar, a little spelling. A couple of months in the American Venezuelan Institute made me a little more fluent and we all challenge ourselves to learn a little of something some time, if only by watching subtitled films. In my postgraduate course I learned a bit when we were given biographies in English. I did the readings dictionary in hand, without bothering to find out how things were pronounced.

So I could read, write a bit, say a few phrases. I could even understand the Chinaman who wasn't Chinese, it turns out he was Vietnamese, I could understand a German or a Russian, but not an Englishman. Every two sentences in real English contained a word which flummoxed me, precisely the magic word I needed to understand the whole. When luck was against me, I couldn't understand a single thing. I didn't even understand where one word ended and another began.

This was how I got the form to join the Refugee Council, in the Languages section, I barefacedly put in Spanish as well as English. How was I going to fill in a job application and write something like by the way, I don't understand the language of this country but it's worth your while to hire me anyway. It made me laugh to think that the panel evaluating the applications, if there was a panel, would be splitting their sides with laughter at such a note. I imagined them yelling: this guy wants to be an engineer but he can't even subtract and doesn't understand equations. What an asshole.

I carefully studied the job description and the type of candidate they were looking for. I wrote down all possible questions they might ask. And I learned the key words, not in order to understand the questions, which would have been impossible, but to keep an eye out for possible answers to the theme of the questions, without actually aspiring to answer them. I could get by with a few key words, I thought. All this I did, not because I am particularly daring, but because the Chinaman had recommended me to do it. Not to get the job, of course, but to start learning to use the vocabulary of interviews. Then bit by bit I'd learn to decipher English and I might even get a job as a porter in an institution of the prestige and reputation of the British Refugee Council. Quite a plan.

And so I sent in my job application and vied for the post of a porter, which seemed a reasonable step. How I was supposed to be a porter without understanding one word, that was to be seen. I imagined someone asking where the post box was, and me answering on Saturday afternoons, what
a disaster. But for now I just needed to understand the people doing the interview. After that I'd learn little by little. I went to the interview, I answered what might have been the questions, and I didn't get the job. And I began to get used to the reply “...unfortunately on this occasion your application was not successful...” Of course, no way was anything going to be “successful”-

But persistence is one of the keys of success, so following the Chinaman's recommendation, I asked for feedback. And it turns out that it wasn't because I didn't understand a jot of what they asked me, because they weren't surprised by the answers, but because I had no experience as a porter in England. Well, then. I needed to have been a porter in England for two years. That's all. As if all the rest didn't matter.

A few months later, another advertisement appeared from the Refugee Council. They were looking for Project Workers, written like that, with capitals, and when I read the description of the post, it was more than obvious that I couldn't do that job, because I would have to give assistance and support to asylum seekers in England. The description of the post was quite specific, nothing like what they tell us in Venezuela, and I started fantasising how I would carry out the task if I could understand English properly. One day. Well, I decided to put in my application. My intention was to get through the interview, to get some practice, and that way I might be successful in my job as a porter if it came up again.

To my surprise I was selected for an interview. An interview for a post where I'd have to advise people and stand up for them. Scary! After a lot of dithering I decided to go, and of course I was scared to death of making a fool of myself, but I did my homework. Well and truly. I went to talk to the Chinaman and he congratulated me. I learnt a new word in English: bold. The world belongs to the bold, it'll be a couple of years yet before you can work in a place like that, but it's a start. I'd filled in all the forms, written each answer in full detail and of course, I lied again about the language. And I added another lie, that is, that I had experience with asylum seekers in England. Not that it was a downright lie, but it was certainly an astronomical exaggeration, because yes, I did have a very dubious experience, I was a volunteer in an organisation for refugees, partly to practise my English, but all I did there was wash dirty dishes, and only for a couple of months, and only once a week, and only for half an hour. But after a little ethical and philosophical reflection, I decided it didn't matter if I lied a bit, as I wasn't going to get the job. The interviewer was an Arab, what luck, one I could understand. Not the other two. They asked me 9 questions, I only understood three. The others I worked out a bit thanks to the key words and my studying of the job description and the profile of the candidates, all on the Internet, which was still quite a novelty.

When I got to the interview I put into practice all the histrionic abilities I'd only ever used in school drama club. I actually came to the interview saying I had earache because I was in recovery fro a tropical condition. The interviewers looked worried, but I immediately added that it was nothing serious, that I only needed them to speak slowly because my hearing was fuzzy, but it would only last three weeks. Well, I got them to speak ridiculously slowly, almost with subtitles, and I somehow managed to justify getting them to repeat the questions several times over without feeling stupid.

The interview came to an end, I went home and I forgot about it, My first interview for a serious, professional job. A complete con, but I'd achieved my goal. I went home on the same train I would have to take months later, on that July afternoon when I was going back over the whole story in my mind. I remembered that when I got home I burst out laughing, Laughing and laughing. The thought of how crazy I'd been to turn up to a job interview without understanding the language had me in stitches.

A few hours later somebody phoned me. I wasn't sure who. They said they were from the Refugee
Council. How terrifying. I realised it was the Arab interviewer. I couldn't understand him. But it seemed like he'd told me that they were offering me the job. Obviously that couldn't be true. And he was still talking. There was no doubt that I had understood, that they were offering me the job, which was impossible. I told him that I would go in, because I couldn't understand what he was saying due to my earache.

I went in. And yes. They offered me the job. If I'd understood what he was saying on the phone, I could have said that I couldn't accept for personal reasons and that would have been that. But I didn't understand a word and like a fool I agreed to go in to understand what he was saying. And yes, he offered me the job. I immediately said I couldn't do it because my understanding of English was limited. I tried to come clean but my attempt at honesty was in vain because he said it didn't matter, that I'd get over my ear problem and I tried honesty again and told him that the pain wasn't that bad, that the problem was that I couldn't understand and he said that if I had answered well without understanding too much I was qualified for the job. I had no choice, either I was brutally specific about the farse or I had to take the job. The alternative was to yell no, no, no and run out of there pulling my hair out and be taken for a madman. I couldn't do that either, so I decided to accept my fate. And so I started working as a counselor in a country where I couldn't understand what people were saying. I skipped the stage as a porter.

Two weeks went by from the day I was made a Project Worker to the day I was to start work. In order to assist the asylum seekers, I had to identify the problems they were facing, and following the regulations of the British system of attention to refugees, recommend a solution and, with the permission of the asylum seeker, act on his behalf before the governmental, private or charity organisation that might help him. So in those weeks I learned almost by heart the manual of rules and regulations and the list of organisations I would have to interact with. The task was not impossible if I could understand what people said, of course. But I could barely understand a thing and was not even good enough to be a porter or to answer the phone. Or, as I've said, I could only understand people who spoke English as badly as I did or worse. And that was how I became a professional impostor.

I I made my earache and hearing difficulties last as many days as I possibly could. The Arab interviewer, who turned out to be my boss, gave me a training plan which basically consisted in watching an expert at work. I went to the sessions, I listened to the refugee speaking in his language, at that time usually Kurdish or Lingala, a Congolese language, an interpreter translated into English and I half understood. From there on I had no idea what was going on. The project worker answered something I couldn't understand, which was translated into Kurdish, a language I also began to learn, and then there were some phone calls where the project worker talked the problem over with someone from some government office, Heaven knows which. I had no idea. With luck, nothing was explained to me. When I was very unlucky, the project worker would explain, and I nodded as if I understood, just to keep up my pretence. What a disaster.

The days went by, and by studying in the evenings what might have gone on during the day, I began little by little to unravel a bit, not much, of what I was supposed to do. But then came the first day I had to go it alone. And on the phone. And from home. And that was the afternoon I was walking to the station.

It was a really simple task. If a policeman in Leeds or some other town in the region came across an undocumented person who might need to apply for political asylum, the police would call the office telephone which I was now carrying in my pocket. All I had to do was answer the phone, call a taxi from a list of available taxis, and give them the address where the person was, and the taxi would pick the person up and take them to the city of Liverpool to seek asylum. And when I went to work on Monday I would report the event so that the taxi could be paid. A trifle, then. A trifle for
someone who understands, of course.

So as I was walking towards the station after the heart attacks and being run over and everything, I was trying to convince myself that calling for a taxi wasn't such a titanic task for someone who could speak English even if he couldn't understand a thing. After all, I only had to give an address, no problem. And at the end wait for a yes or a no, which isn't always easy with the English sense of humour, but I could survive that. The difficulty was in understanding the address the police gave me at that time in prehistory, a few years ago when GPS didn't exist. How would I do it?

Friday went by, and I was in luck. Saturday went by, and I was in luck, and I was beginning to feel that luck was on my side. A lot of luck, actually, because I was being paid for every hour I spent with that telephone. Wow.

And the telephone rang in the wee hours on Sunday morning. I answered fearfully. I'd hardly uttered the dreaded “good afternoon” when someone let loose a string of phrases which I knew were in English, but if it had been a film I'd have thought were in Norwegian, Danish or something. I only understood one thing, which was a well entoned “good morning” in response to my early-morning “good afternoon”, as if to remind me that sometimes everything goes wrong. Calm down, I told myself, and ask for the address. I did so and the guy raised his voice, as was to be expected, but always within the limits dictated by English politeness. He produced some sounds which I imagined to mean the same, with the same words, but I still couldn't understand anything. I had prepared for this possibility. I'd investigated how to say that it was a bad line and that he should speak more slowly. I started the English phrase several times, but it took a bit to end it, because the guy had something to say, Heaven knows what. He hung up and I'd completely forgotten the story of my damaged ears.

I breathed. He'll call back. When it rang I answered again and once more he said something I couldn't understand. No doubt he was asking if I could hear him now. And I forgot about my earache again. He said something in an annoyed tone and hung up. Third attempt, same thing. Fourth. The same. At the umpteenth try, with my self-esteem on the floor, something different happened. And it wasn't that ir occured to me to bring up the story of my ears destroyed by leprosy again, but that I'd thought of something less practical. Maybe it wasn't the police, I thought, it could be an insurance or funeral plan salesman, so I asked if it was the police. The policeman lost it, of course, after all those phone calls I asked him if it was the police and, of course, for the first time in my life I heard a British policeman let loose the equivalent of a mother insult, in his own way, and then, as I found out later, he told me that he was from the Hull police, a town on the far east of England. I didn't know that the place existed and I understood that he was from the wool police. I didn't ask him why there should be a police for wool, because no doubt he'd tell me they took care of the sheep, or some other sarcastic quip, and I was at the point where my suicidometer would have been in red if such a gadget existed, but I had no choice but to scourge myself with my guilt and make my ignorance out as stupidity, what else could I do, who told me to become an impostor anyway, I'd better get out of the country, and on and on.

But my misfortune hadn't reached rock bottom yet. When I asked him who I had to get a taxi for he told me there were eighteen, yes, eighteen people. So I had to sort out several taxis. He gave me the address and it was then, as he was spelling out letter by letter, that I realised there was a place called Hull. When the call ended, I looked at the map. Google maps didn't exist yet, so it was a feat. And yes, Hull wasn't anywhere nearby. It was another town, on the far east of the country. And the alleged refugees had to be brought to the far west. Not that England is very large, it isn't, but a caravan of taxis is too expensive to be crossing from one side of the country to the other. If I hired all those taxis I'd use up the Refugee Council's annual budget, I thought. So I'd have to improvise a solution. My Latin ancestry would help. None of your British stiffness, as the Chinaman would say,
now I'm really going to show my creativity and my problem-solving ability.

And that was when it occurred to me that rather than a taxi, I could hire a bus even though I didn't have the money or the official credentials. Just with my telephone and my art of persuasion. Anyone who knows England knows that that's impossible. Nowadays I wouldn't even try. But ignorance is bold so I tried and succeeded. The whole story of how I managed it would be as long as a story by Tolstoy. I'd love to write the novel of how I got a bus, but I'm writing another novel, about a Venezuelan refugee, and this short story is just a diversion. But when I finally managed to hire the minibus, well into the small hours, I finally felt proud of myself. All the bitter pills that had gone before became sweet and now my life tasted like the sugary dregs of a bitter coffee.And that was when I remembered the Chinaman with all my gratitude.

The bus had been hired and early the following morning'I'd sort out the paperwork. The bus cost less than two taxis. Not only had I saved the organisation the price of a flotilla of taxis, but I'd made the Hull police's job easier as they didn't have to send a flotilla of patrol cars to follow the taxis. So I left home early because I couldn't wait to tell my boss about my triumph. Quite a triumph then.

On my way back from the station to the office, I was especially careful when crossing the road, this time it was worth it to stay alive. My farse about understanding English was compensated for by my negotiaing ability. Friday's nightmares had turned into fantasies telling the tale of my success. The Chinaman was right, pretending worked well until you could make good with your audacity and professionalism. In time I'd learn to understand better. The weekend had been an intensive English course, but I'd saved the organisation a month of my salary.

I felt so proud of myself I became arrogant and, with no more heart attacks or breathlessness, it occurred to me that the poor Chinaman had taken longer than I had to get somewhere in England, but my situation had no comparison. I'm privileged. I thought how lucky I was to come from a cultured Italian family, with business acumen, and to have studied at the Catholic University and to have high standards in life. At last I no longer felt like the poor migrant who could barely understand the language, but rather the custodian of an ancient culture, was taking my place in this new society. The same path I'd taken filled with anguish on the Friday, I now retraced with pride and fulfillment.

When the boss arrived, on the hour, I told him the story and it made him laugh, but from his expression I could see that he was not pleased. I was rather confused. I thought maybe his experience in an Arab country with no expectation to excel might have clouded his ability to grasp my success. Mulling it over now, I realise I was being racist, and I'm ashamed of myself. My boss told me that I was going to be in trouble with his boss, Margot Cooper, who usually arrived late at the office, in her gym kit.

Indeed, the boss arrived around ten in the morning. She stormed out of her office towards me waving the proof of my offence like a flag, the page with all the telephone numbers of the taxi ranks which I was supposed to have called. She said, “Weren't you told to send a taxi from the list?” I understood her from her gestures, the piece of paper and, as usual, a few key words.

That was how I began to understand that the mess I was in was not because I was a fraud, but that the organisation I was in was the fraud, where what was important was not to do things well, but to do them following the rules. What mattered was not what one understood but what one said. It was the process, not the outcome that mattered. And the only way for me to integrate was to become corrupt, which I only managed half way, until I stopped doing so, but that's a theme for other stories. For now I'll go back to Sofía, the refugee of my novel.