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giovedì 20 febbraio 2020

Mensaje de Carlos

Después de suicidarme la primera persona que me encontré fue Carlos. Sí, Carlos y no mi abuela, que era lo que yo me hubiese esperado si hubiese sabido que uno se encuentra gente después de morirse. Pero así es la vida, uno siempre se equivoca, y yo empezaba mal la nueva vida, equivocándome. Y en lugar de mi abuela, o de Manola, el que se apareció fue Carlos.

Tampoco se apareció Dios. Algunos pensarán que Dios estaba ocupado recibiendo a otros, o que está disfrutando de sus ratos libres, haciendo quien-sabe-qué, qué se yo, pero lo que sí sé es no le habla a los suicidas, no a mi, al menos, aunque eso podría ser porque la tiene cogida conmigo.

Ni tampoco vi al demonio, que alivio, que yo como buen ateo tampoco me esperaba, ni mucho menos a santos. Nada de religioso. Ni siquiera personajes importantes, que hubiera sido interesante. No sé, como venezolano a lo mejor uno podría esperar tener una conversa con Bolívar, el pobre, que de aparecer de vez en cuando lo debe hacer solo a los chavistas, para darle algunos coscorrones, y si es así, espero que tenga a Chávez lleno de chichones. Nada de eso. Nadie importante. Ni de mi familia, ni algún ancestro, y ni mi abuela, la nonna, que tanto tiempo me dedicaba con sus cuentos.

Ya lo dije, el que se apareció fue Carlos, no es que fuese un desconocido, una especie de funcionario del más allá, no. Carlos era pana de los últimos tiempos, aquí en Inglaterra, la fase terminal de mi vida. Lo había conocido originalmente como usuario en el Refugee Council, donde yo trabajaba de adviser y advocate, que bien suena en inglés, pero en criollo significaba que me sentaba detrás de una cabina sin ventanilla, con solo una mesa separándome de su ira y frustración, y allí daba consejos a los infortunados refugiados sobre qué hacer para salir de los líos en los que estaban metidos, que normalmente eran más graves que los míos, y eso no es poco, porque siempre termino en líos, no solo los que la vida me depara con generosidad, sino los líos que yo mismo me invento que tampoco son pocos.

Mi rol era ayudar a los refugiados, durante su espera por la culminación del papeleo del Estado británico que dura hasta diez años y más, y que necesitan, durante esta no tan corta espera, que el gobierno británico se digne en tratarlos humanamente. Esta tarea era particularmente difícil debido a los funcionarios de un organismo que se llamaba NASS, adscrito al temido Home Office, internacionalmente afamado desde el Brexit por su enceguecida malevolencia. Y estos funcionarios, los del NASS, es difícil olvidarlos incluso en el más allá, estaban firmemente convencidos que su misión en la vida era hacer que la vida de los refugiados durante su espera fuera miserable, lúgubre, enjaulada y fría. Y uno de los refugiados con los que se encariñaron en su modo sádico fue el maladventurado Carlos.

El día que conocí a Carlos entendí lo incapacitados que estaban mis colegas del Refugee Council para entender a los refugiados. Y eso que yo no era un refugiado normal, es más, ni siquiera me había vuelto refugiado según la definición de la Ley. En efecto, mis ancestros italianos me dotaron de una ciudadanía que me permitía pasar por todas las fronteras del mundo, mi mamá se encargó de hablarme siempre en italiano, de corregirme los españolismos, y mi abuela me contaba historias todas casi todas las noches de mi infancia, hasta cuando vivía en otras ciudades, porque sus cuentos llegaban en cintas, lo que existía antes de los cassettes. En fin, aunque todos los colegas conocían mis ancestros italianos, sabían que había salido disparado de venezuela por el chavismo, antes de que mostrara su careta al mundo, e igual me consideraban un refugiado aunque no lo fuera, al menos desde un punto de vista jurídico. Así que en tono solidario un colega me dijo:

-Oye Fabrizio, un venezolano, seguro que lo quieres conocer. -

-Hey Fab, uno de tu país, me decía el de la recepción. - de lo más solidario.

-Hey fab, aquí vino uno de tu país.- lo quieres ver, me decía el guardia de seguridad, con su inglés típico de pakistaní de Bradford, y que hablaba a la velocidad de disparos de metralleta.

Qué iba yo a querer conocer venezolanos si salí de Venezuela harto de la viveza, la mediocridad y el chavismo. Ni él me quería conocer a mí: ambos evitábamos venezolanos, y por la misma razón principal y primerísima: no queríamos toparnos con un chavista, y mucho menos un chavista encubierto. Por supuesto en estas tierras frías y oscuras uno extraña a las hallacas, las arepas y el queso de mano, y sobre todo la bulla de fondo con sabor a Colombia y Caribe, con cumbias y salsa, pero quién quiere toparse con uno de los responsables de tanto atraso.

Y por supuesto, ¿cómo saber si el gobierno manda espías para seguirnos la pista? En algo gasta el chavismo todos estos reales, no pueden robárselo todo. Y me preguntaba cómo es posible que los colegas ingleses no se imaginen eso, cuántas veces les tengo que decir que Chávez es una farsa total. Nada. 

Al final terminé conociéndolo, haciéndonos amigos; infringiendo las normas del Refugee Council, del país, de la cultura británica, de todo, pero, en fin, nos hicimos amigos aunque compartíamos muy poco tiempo juntos, pero igual lo hicimos disfrutando de ratos de calidad, de intimidad venezolana y compartiendo arepas de reina pepiada, y tequeños improvisados. Y muchos momentos recordándonos recíprocamente a Juan Griego y playa Guacuco, y la sopa de Guacucos.

En fin, Carlos era un amigo, pero solo por pocos ratos, porque cada quien había hecho su vida en este país. Y, como decía, apenas abrí los ojos después de muerto, y que quede claro que eso de abrir los ojos es una metáfora para decir que pude ver en este mundo del más allá, en fin, apenas los abrí, el que estaba allí, de lo más tranquilo, tan pancho, era Carlos. Qué vida tan loca, quiero decir, que vidas tan locas, la de antes de morirme y la de después. Y el Carlos de lo más tranquilo, me miraba, por así decirlo, y se sonreía. Por un rato hubo un silencio.

-Disculpa Carlos, pero no entiendo, estoy confundido.- le dije.

-No te preocupes, todos estamos confundidos después de morirnos.- Me dijo y me quedé perplejo por la lógica coherente y absurda en esta situación tan difícil de entender.

Fue entonces cuando pensé que mejor le hacía una pregunta inteligente, pues no podía empezar esta nueva vida con tantos errores, no vaya a ser que en esta vida después de la vida también me la pase haciendo todo mal, sería el colmo. Pero la cosa se puso peor, y es que Carlos se sentó en una poltrona, pues sí, hay poltronas y todo, y como si nada me dijo:

- En el comité decidimos que yo viniera a hablar contigo de primero.

-Ajá - y es que la aclaratoria de Carlos estaba tan fuera de lo predecible, en fin, que aunque yo no había creído en la vida después de la vida, me parecía una pistolada, pero, en fin, si hubiese creído algo tan absurdo me hubiese imaginado algo totalmente distinto a esta primera frase informativa que oía ahora, que locura, y yo estaba absorbiendo esta realidad tan loca mientras todas las ideas, observaciones y sorpresas se me amontonaban en la cabeza como el que después de la vida hay más vida, otra oportunidad pues, yo que fui ateo toda mi vida anterior, quien diría que estaba equivocado y mira, hay más gente, al menos uno es Carlos, por suerte. Pero la suerte viene amarga, como en la otra vida, porque estos sobrevivientes de la vida anterior se reúnen en comités, qué horrible, pues lo menos que uno se espera es una burocracia en la nueva vida y mucho menos una autoridad viene definida por comités. Qué comités ni que nada. No me vine a morir para parar en una oficina. Todas estas cosas pasaban por mi cabeza, mi mente saltaba de un pensamiento a otro, igual que en la otra vida, y notaba que la poltrona en la que se sentaba Carlos era roja, muy cómoda, pero para qué sentarse si no se tenía cuerpo sino una imagen de cuerpo, y las imágenes no pesan, que absurdo, Dios mío, ahora sí puedo decir Dios mío, porque en una de estas se me aparece Dios paseando en una bicicleta, o comiendo un asado de pollo, quien sabe. En fin, mi mente volaba por todos lados, y aquí, por una vez, lo de volar es literal, pero aterricé de pronto, cuando Carlos me dijo:

-Bueno, Fabrizio, en el comité no estamos de acuerdo con que te hayas suicidado.

Lo que me faltaba. Empezaba mi vida de muerto, y ya andaba yo quebrantando las reglas. Sin oportunidad de borrón y cuenta nueva. Ya era un infractor. Y peor. Ya me habían descubierto, y para colmo me vienen a amonestar. Y empieza mal este nuevo mundo, si uno se muere de suicidio deberían tener la cortesía de dejarte morir tranquilo, y si uno va a vivir después, coño, lo menos que uno quiere oír es un juicio para ver si uno se suicidó por las razones correctas. Así empieza mi nueva vida como disidente, siempre viendo las cosas distinto a como la ven los demás, pal carajo con su comité. El más allá se estaba pareciendo al más acá, que pavoso.

Después de muerto, mi instinto de supervivencia me empujaba a esperar y calcular, aunque fuera un poquito, antes de expresar mi desacuerdo, que en mi vida anterior siempre expresaba mi opinión impulsiva y despreocupadamente, o en buen criollo, me iba de bocón, y terminaba en algún lío. En fin, pensé que mejor sería esperar para entender un poco la política y los modales de esta nueva vida. En fin, pensaba algo así como que “no puedo seguir en este peo de estar desadaptado en todas las vidas que tengo”, así que me armé de fuerzas, y quise aprovechar que tenía un amigo en el comité de muertos que me venían a criticar. Carlos podría ser mi enchufe, mi palanca aquí en el más allá. Quise de algún modo ponerlo de mi parte, iniciándose así la politiquería en el nuevo mundo salpicado de viejo. Y le dije, interrumpiéndolo:

-¿Oye, Carlos, pero me vas a venir con el cuento de que te suicidaste por las razones correctas y yo no?

Y al oír mis propias palabras me di cuenta de que a lo mejor no había sido diplomático, en fin, con este contrataque le podía salir a Carlos en la otra vida, pero quien sabe si en esta también. Pero apenas me respondió me di cuenta de que al menos una cosa seguía igual, la amistad.

-Mira que aquí nos enteramos de todo –me dijo de lo más tranquilo, justificando su suicidio- y a mí me perseguían esos recuerdos horribles de cuando los malditos del colectivo de Serra me hundieron en el Guaire y me hicieron tragar mierda. No podía más.

Para mí era difícil mantener coherencia en mis pensamientos, pues claro que reconocía la franqueza de su respuesta como algo propio de la amistad de la vida anterior, pero la perplejidad que me provocaba la situación se apoderaba de mí y me costaba seguir su razonamiento y mucho menos podía articular una respuesta. Cuando me dijo que “aquí nos enteramos de todo” me entró el horror de saber que en este nuevo mundo no había privacidad, y no es que yo tenga muchas cosas que esconder, pero esto, así como otras cosas, me abría miles de preguntas sobre cómo era este nuevo mundo donde había hasta comités que se daban el tupé de decidir si uno se había suicidado por las razones correctas. Pero como la idea de la camaradería y franqueza seguía siendo la misma en este mundo nuevo, le dije:

-No seas güevón, que tu tenías un montón de amigos en Inglaterra, empezaste una vida nueva en ese país y hasta te metiste en un grupo de rock, no lo puedo creer. Y te mataste como un cabrón...

Y él se iba riendo mientras yo hablaba y gesticulaba como diciendo sigue, sigue que no sabes nada

Y yo continué:

-Y hasta vino la policía a investigar si fue homicido.- le dije para incomodarlo un poco.

Y él hizo un gesto como para decir gran cosota. Y yo seguí a pesar de su sarcasmo y con esfuerzo traté de notificarle, subiendo la voz:

-Y en tu funeral, lo hubieses visto...- pero me interrumpió en seco, con un gesto brusco y me dejó colgado con mis pensamientos que fluían a toda velocidad. Yo también callé unos segundos, pues los recuerdos de su funeral se me amontonaron todos juntos en mi memoria y pude rememorar su funeral mientras Carlos organizaba la respuesta, pues repitió el gesto de que lo dejara hablar.

Y recordé su funeral había sido el funeral más lindo que he visto, si es que se puede llamar lindo a un funeral, que para mí son siempre macabros.  De pronto todos se apresuran a decir lo mucho que te quieren, incluso aquellos que a lo mejor no te saludarían si te vieran en el supermercado y de pronto dicen lo importante que fuiste en sus vidas. Cosas de Inglaterra, no sé.

Quería contarle que los amigos nos congregamos allí, pero inmmediatamente me repitió el gesto de que él me iba a hablar. Esperé mas y recordé que los amigos nos congregamos allí, yo el único venezolano, y todos aturdidos de saber que se había procurado insulina sin ser diabético y se inyectó suficiente para mata a un caballo. No sé muy bien por qué, pero todas sus amistades inglesas estaban congregadas allí, desconsoladas, sentados algunos en los divanes, y otros sentados en el suelo. Uno, que tenía una bufanda morada y estaba sin medias, de pronto tomó la palabra y dijo algo extraordinario de Carlos, no recuerdo qué, pero algo relacionado con su pasión por la guitarra eléctrica, y pidió para que todos lo recordaran así. Luego se hizo un gran silencio y una amiga, también descalza, pero con un calcetín rosado y otro verde, tomó la palabra y compartió un recuerdo bonito del día que Carlos preparó unas arepas que a Carlos le parecieron desastrosas, y siguió un chiste que no entendí, y que fui el único en no entender. 

En fin que yo quería decirle a Carlos que  no se hubiese suicidado si supiese lo tanto que lo querían, que bolas Carlos, a ti te querían, no eres como yo, quería decirle. Y Carlos seguía en silencio pero me repetía el ademán de "ya-te-voy-a-decir-algo-que-no-sabes".

Y me atragantaba por contarle que cuando habló Lou me interesé muy particularmente, porque sabía que se adoraban, y que recordó el día que ella lo conoció en Caracas, cuando todavía Carlos era un chavista y ella escribía su tesis de postgrado sobre la autonomía alimentaria de Venezuela, por supuesto, llena de entusiasmo por el proceso revolucionario de Venezuela. Tenía que contarle de Lou, pero otra vez me interrumpió con un gesto y por fin habló. 

-Sí, vi mi funeral, los tres que tuve- me dijo y se rio un poco sarcástico, pero con cariño.

-Verga, viste tu funeral? - dije asombrado, pero acostumbrándome a asombrarme en este mundo nuevo de los muertos, y no alcancé a preguntarle que cómo así, que qué tres, si hubo uno solo, o quizás dos, uno informal, el día que se murió, y otro varios días después, cuando la policía devolvió el cadáver. -Sí, claro, el funeral es el mejor momento de tu vida en Inglaterra, lástima que estés muerto. De pronto todos te quieren con locura. Y mis panas venezolanos hasta me envidian cuando les muestro mi funeral en el cinetrip.

-Ah,-dije, como si estuviera claro que era esto del cinetrip, y tratando de mantener el tono divertido de la conversación seguí:

- De haberlo sabido organizamos nuestros funerales antes de morirnos, así por lo menos estamos invitados, me avisas cuando pueda ir a ver el cinetrip.

-Tu no cambias -siguió- siempre con una jodedera.

-Bueno, es que no siempre uno se muere, así que hay que aprovechar la oportunidad. De haberlo sabido, en Venezuela montaríamos mejores rumbas y funerales menos macabros. Con un poquito de humor, siempre presente entre Carlos y yo, ya estaba olvidándome el asunto de los comités, o al menos del comité que no estaba de acuerdo con mi suicidio, y ya ni me interesaba preguntar por el cinetrip, pues pensé que la cosa podría ser verdaderamente divertida aunque todavía no sabía si echaría de menos el celular y otras cosas de la pre-muerte. Pero de pronto me atrapó la preocupación de tener todos los líos de la pre-muerte, y quería preguntarle a Carlos cómo era la vida por aquí, pero se puso serio y me recordó:

-Bueno, mi pana, de parte del comité, te repito que te quería comentar que no estamos de acuerdo con que te hayas suicidado.

-Y qué, ahora me van a venir con que tengo que pagar una penitencia. - Y tú te mataste por las razones correctas? Ya viste tu funeral...

-Mira, Lou dijo eso en mi funeral, y de verdad es que fuimos muy cercanos y la quiero mucho, me dejó vivir en su casa, hizo que su familia me tratara como un hijo. Pero ella nunca me quiso ayudar con las cosas de Venezuela. Y su tesis fue usada para argumentar que Venezuela tenía buenas políticas alimentarias. Y hasta la FAO se lo creyó. Nojoda. Eso duele. Y todavía me duele.

Al oírlo estaba consciente que a Lou le costó aceptar nuestras denuncias de lo que pasaba en Venezuela con todo y que  en los periódicos había aparecido que Carlos sufría de desorden postraumático y se suicidó porque no soportaba los recuerdos de la tortura. Aunque al final, por fin, debo admitirlo, por razones de honestidad intelectual, dejó de defender a la revolución bolivariana, por suerte. Pero Lou no quiso afrontar la realidad que descubrió de primera mano, esto es, que las autoridades bolivarianas son un engaño, unos corruptos, unos torturadores. Le pasaba de un oído al otro cuando le decía que los socialistas tienen que asimilar el tema de los controles del poder, propios de las democracias liberales. Toda esa realidad venezolana desubicaba a Lou de la izquierda del partido Labour, donde había que estar de acuerdo con Chávez o ser etiquetado de blairite, vendido, y demás. Todo esto pasaba por mi cabeza, mientras Carlos seguía con su cuento:

-Lou siempre fue muy solidaria conmigo en el plano personal. Me conmueve todo lo que hizo, y además creo que hizo más por mí de lo que yo hubiera hecho por ella –y yo lo dejé seguir su discurso que bien sabía por dónde venía- pero a mí nadie me quería creer en Inglaterra sobre lo que pasaba con el chavismo, pero a Lou la hubieran oído, al menos dentro de su círculo de amigos, amigos de amigos, algunos colegas y quizás más allá. Ella atribuía los abusos de Serra a un caso de un corrupto dentro del sistema, aunque estuviera vinculado a Diosdado, el hijoeputa. Para Lou siempre se trató de personalidades corruptas, a fallos del sistema, no a que el sistema fuera todo es un error. Una gran mentira. Una gran farsa. Un parapeto de los militares para montar una nueva oligarquía. La boliburguesía.

-Epa, epa, mira que yo no soy de la izquierda británica, se te olvida, yo sé muy bien quien es Diosdado y su banda.- le dije.

-Pero es que tú también me traicionaste! - me dijo.

-Yo? ¿Cómo?

-Para empezar, nunca te presentaste a los eventos que quería organizar en la universidad para explicar lo de Venezuela.

-Es que no vale la pena, lo sabes. Los ingleses siempre creen saber más que nosotros. Mira, con uno como yo ni siquiera discuten. Me oyen y después salen a dar dinero para hands-off Venezuela, el parapeto que montó la embajada con los locos del alcalde aquel que no sé como se llama. Lo hizo hasta gente que vino a tu funeral. No tienen remedio.

-Tú también me traicionaste un modo más profundo, y eso si es más grave.

-Otra vez? ¿Cómo?

-Pues que en mi funeral me prometiste que ibas a escribir una novela sobre Sofía, te acuerdas? Y las promesas a los suicidas hay que cumplirlas, eso es una infracción grave. Muy grave. Tan grave que aquí es un crimen, y el comité está de acuerdo.

Que susto. Se me había casi olvidado que estaba en el reino del más allá, que me había suicidado, que este era el inicio de la vida posterior y de pronto caigo en cuenta del lío en el que estoy. Un crimen en el más allá. Un crimen. Y además contra un pana.

-Coño, Carlos, disculpa, no quería traicionarte. Cuando lo prometí lo hice de corazón, pero las cosas se pusieron muy difíciles.

-Los escritores en dificultades consiguen temas de inspiración superiores, mejores que los escritores que no han vivido, que solo leen libros. - y le agregué

-Ya, eso es cierto, estoy seguro. Pero me botaron de todos los trabajos, -

Pero la novela, por qué la dejaste, no podías, me lo prometiste. Y tu promesa me la creí, y no te imaginas la ilusión que me dio.

Y yo lo interrumpí para seguir con lo que le quería decir, pero no me dejó.

-Fabrizio, tienes que entender que en este nuevo mundo de los que nos morimos, estamos todos pendientes, y lo que aprendemos es a ser pacientes. La paciencia es mi gran virtud. La paciencia. Y tienes que aprender tu también. La impaciencia te llevó al suicidio, y eso no se puede. Tu querías vivir, querías escribir, e ibas a encontrar los recursos, pero te suicidaste.

Y le quería decir que no había sido la impaciencia, pero la necesidad de vivir, mi imposibilidad de vivir, que quería vivir pero no podía, no podía seguir cortando uvas. No solo impaciencia.

-La paciencia, Fabrizio, aprende...

-Pero dejame decirte, Carlos...

-La paciencia, coño, escucha!!!...

-¡Que paciencia ni que nada, me estás gritando!- Y ya veía que el nuevo mundo se parecía al viejo. Fabrizio, escucha, que no vamos a dejar que te mueras.

-Ah no pana, lo que me faltaba! Todos los muertos se quedan muertos y ahora yo, justo yo, que bolas tienes tu, yo voy a ser el primer muerto que se devuelve, seguro que asusto a todos por allí, me van a confundir con un fantasma, que resucitando ni que nada.

Y el Carlos se reía.

-Si, pero si nadie lo sabe, entonces sí te podemos devolver.

-No pana, porfa, yo no aguanto más aquella vida, no me hagan eso, llévame a ese puto comité, que yo hablo con ellos. Quiero seguir muerto en aquella vida, y aquí seguro que empiezo algo nuevo, los puedo ayudar, haré un trabajo útil.

-Hasta después de muerto eres testarudo. Y eres el único muerto que quiere buscar trabajo. Ay, Fabrizio, que risa, pero no podemos aceptarte, lo siento.

-Que van a sentir ustedes nada.

-Sí lo sentimos y te vamos a ayudar con la novela.

Aja...y ahora las cosas empezaban a cambiar. Al fin y al cabo, a la nueva vida podría volver porque en el mundo no voy a ser el único que va a estar vivo para siempre, el colmo de la mala suerte para el
que se suicida. OK, me dije, y me dispuse a escuchar largamente los detalles de mi retorno a la vida normal.

-Los muertos que regresan no recuerdan nada –empezamos bien mal, pensé- pero contigo vamos a hacer una excepción porque de verdad tienes que seguir con la novela, estaba divertida. Te vas a devolver y vas a tener que buscar recursos –ahora sí que estamos mal, porque me la pasaba en eso y no conseguí nada- y los vas a conseguir –esto suena bien, con tal de que no sea en veinte años- y te vamos a dar unas pistas de donde están. Mira tu teléfono y tu computadora. Es todo.

-No, así no. Tienen que decirme de qué voy a vivir.

Y fue allí que me desperté. Efectivamente estaba en el mundo de los vivos, lo reconocí por su materialidad. Miré mi mesita de noche, y las medicinas con las que me metí la sobredosis estaban allí. Nojoda. Si me las vuelvo a tomar me las vuelven a poner allí, y no me muero nunca.

Me levanté de la cama, abrí la cortina y allí estaba, otra vez en Inglaterra, con el clima maravilloso de nubes y más nubes. Lluvia y más lluvia. Lástima que no pude ver el cinetrip de mi funeral, ni a mi abuela y a los amigos queridos. Me sentía que había perdido el tiempo mientras estaba muerto, si hubiese sabido cómo era, hubiese sabido qué hacer en mi corta estadía en el más allá.

Miré el teléfono, todas las aplicaciones, nada. Nada. Miré la computadora, nada. Miré mejor la computadora, y solo vi que la novela estaba borrada, porque la eliminé antes de suicidarme porque no quería que la publicaran antes de que la editara bien. Solo estaban los cuentos, y eso porque los tengo en línea.

La puta madre de todos los muertos que están en el comité! Bueno, qué carajo. Salí a buscar ayuda y reparar la laptop. Como había vendido el carro, iba en autobús y vi que tenía un mensaje. Era Arturo, mi amigo banquero. Había hecho negocios toda la vida, se hizo chavista y ganó una fortuna por sus conexiones con el gobierno bolivariano. Pero cayó en desgracia, fue a la cárcel por algunos delitos menores y la última vez que hablé con él se quejaba de los muchos millones que había perdido en la crisis.

Me mando un mensaje en el WhatsApp.

-Hola Fabrizio, estás allí. Estoy a punto de llegar a los 60 años, y no sé que hacer. En qué proyecto te meterías si estuvieras en mi situación.

Le respondí grabando un mensaje de voz. En español, por supuesto. Y mientras hablaba, una señora me miraba iracunda, y estaba su esposo con ella, también mirándome como si fuera un criminal.

Now we have won the elections, we will have Brexit. You have to speak English.

(Ya ganamos las elecciones, tendremos brexit. Tendrás que hablar inglés).

Y le respondí:

-Mientras mis impuestos paguen su pensión, hablo el idioma que me dé la gana.

Y la gente del autobús aplaudió. Una señal que no todo estaba perdido en este país.

Y en eso se apareció Carlos. 

-Carlos, que haces por aquí?

- Vine a decirte que nos equivocamos. Arturo no te va a ayudar. 

-Y quien me va a ayudar?

-Nadie.

-Y qué puedo hacer?

- No sé. Prueba a echar el cuento de lo dificil que es escribir la historia de Sofía.