Wednesday, 23 July 2008

El respeto a la opinión

En 46 años de existencia he descubierto cuál es la manera más efectiva de terminar una discusión. Al menos la que más me frustra. Basta con que tu interlocutor te diga: “esa es tu opinión, yo pienso diferente”.
Cuando alguien me dice eso, inmediatamente pienso que el que tengo enfrente es irremediablemente tonto. Orgulloso de su testarudez y falta de argumentos. En lugar de conseguir los puntos débiles de mi argumento, de reducirlos al absurdo, de mostrar su ilogicidad o su irrelevancia empírica, el interlocutor se enconcha en un mundo subjetivo inaccesible. “Esa es mi opinión”, te dice. Y tiene derecho a su opinión, quien lo niega.
La última vez que alguien me calló con semejante argumento estaba en un tren Británico. Había una noticia sobre Chávez y mi amiga se regocijaba en su constatación de que Chávez es un presidente popular en mi país. Le encantaba que fuera popular, porque es bueno. Y, según ella, el hombre es bueno porque está en contra de su archienemigo, George Bush. No hubo argumento ni cuento que yo le echara que hiciera bambolear su idea. En su opinión, Chávez es popular porque es indio, y a mí no me gusta porque soy blanco. Así mismo. Ella se leyó algo sobre la discriminación de los indígenas en Latinoamérica y la narrativa de la confrontación étnica la convenció y la aplicó a Venezuela. Cuando traté de explicarle un poco más allá y quise decirle sobre nuestro mestizaje, me cortó en seco: “es tu opinión”.
La estupidez está distribuida en el mundo sin distinción de sexo, raza, credo y afiliación política. Ella pudo tener la afiliación política opuesta y ante cualquier argumento que la contrariara hubiera respondido con lo mismo.
Trato de entender si hay algo de valioso en su perspectiva. Si pensamos en los fundamentalismos que todavía están gobernando tantas partes del planeta donde la adscripción a ciertas ideas se paga con la vida, la idea de respetar las opiniones no puede parecer otra cosa sino progresista. Yo, ateo, anarquista, irreverente, blasfemo no sobreviviría ni una semana en un mundo se santurrones pues ellos no solo monopolizan la verdad, sino que les encanta mandar al infierno, literalmente, a los que no concuerden con ellos. Quizás el mundo no me eche mucho de menos a mi…pero conmigo también se vienen, al infierno, muchos creativos e inventores.
Puede eso permitir que uno se acobije en una idea, simplemente porque es nuestra idea. ¿Hubiera progresado la ciencia si los científicos y pensadores, en vez de refutarse unos a otros y cambiado las teorías, simplemente cada uno hubiese dicho su opinión y nadie se preocupara por demostrar su falsedad? ¿Cómo es posible que haga falta respetar las ideas ajenas y al mismo tiempo haga falta refutarlas y demostrarlas falsas para poder progresar? ¿Cómo negar la inefable superficialidad de declarar que una afirmación es válida solo porque es nuestra opinión? Para intentar una respuesta hay que resaltar que allí hay una confusión muy importante. Una cosa es respetar el derecho de opinión, independientemente de lo que se diga, y otra es respetar la opinión como tal. Una cosa es respetar la búsqueda de la verdad, y otra pretender tenerla, y otra pretender que no existe y que no vale la pena buscarla.
El derecho a opinar es y debe ser protegido porque es un respeto a la persona. El respeto a la opinión no es más que soez. Las opiniones simplemente cambian cada vez que nos damos cuenta que estamos errados, cuando constatamos que la realidad es más compleja de lo que esperábamos, o cuando descubrimos que percibimos la realidad de un modo que ahora nos parece erróneo. Yo no soy mi opinión. Yo soy el que soy y opino algo sobre algo. Al menos así es un libre pensador. El libre pensador no pide respeto por sus opiniones, sino por su derecho a opinar lo que le dé la gana.
Los santurrones y fanáticos no. Ellos son lo que piensan. Su identidad se define en sus ideas y creencias, y por ende no las pueden cambiar. Su lógica es, “soy cristiano (o musulman, o ateo, o comunista o anticomunista) y por lo tanto creo en esto y aquello”. El peligro de su perspectiva es que la batalla de las ideas, que solo ocurre en los libros, se transforma en una guerra de personas o en tiranía. Si se hacen del poder y si no pensamos como ellos terminamos encarcelados o asesinados. Cuando los fanáticos son una minoría en una sociedad abierta, piden que se respeten sus opiniones y claman a los cuatro vientos que se restrinja la libertad de opinión al respeto de la suya. Nadie puede dibujar la cara de su profeta.
Los santurrones cierran filas con la cultura chata, nueva versión del consumismo desenfrenado. Una de las características de la emergente cultura chata es la falta de compromiso. Si me molestas te bloqueo en el Messenger y desapareces de mi mundo comunicacional. O desactivo el canal de noticias del mando a control remoto. No necesito plantearme nada, ni discutir, ni comprometerme con lo correcto, verdadero o valioso. No me gusta, cambio de canal, de chip, de programa. Risas van y vienen. Y preservo mi opinión y mi identidad se funde con mis ideas. No puedo cambiarlas.
Ahora que me he animado a escribir un blog pensé que iba a empezar cuestionando la idea del respeto a mis propias opiniones. Intentaré mantener activo este blog y publicar con cierta frecuencia. En fin, que son un montón de opiniones sobre la vida, el sexo, la igualdad, la amistad, la existencia de dios, la democracia. No pido respeto para mis ideas. Escribo aquí e invito a todos los que lean este blog a que me digan en que estoy pelao. Yo cambiaré de opinión, seguramente, cuando lea los comentarios.
Y a mí lo que me sorprende es que te hayas leído esto hasta aquí.

Sunday, 15 June 2008

La locura del facebook

Por Fabrizio Macor

Cuando mi vecina de escritorio en la oficina que, además de gran amiga, es 20 años más joven, me dijo que me metiera en el Facebook, yo solo me lo tomé como una niñería a la que ciertamente no iba a sucumbir. Sobre todo cuando me dijo: así nos comunicamos por aquí. Por qué he de comunicarme por el Facebook con alguien que tengo al lado?
Veía de lejos los chats e emails de mi hija llenos de ositos, solecitos sonrientes o tristes y me preguntaba si sería posible que yo fuera a terminar en algo como eso, por muy crisis de media edad que me ponga. Y ciertamente, eso no creo que lo haga. Otra amiga de infancia, me llamó desde Venezuela y me preguntó por qué no estaba allí en el Facebook. Me resultaba insólito pensar en mi excompañera de la izquierda universitaria y muchos años después ejecutiva, escribiendo chorradas en su paginita de trivialidades. La curiosidad fue mucha y en un acto que percibí de debilidad mental, me di de alta en el facebook.
La experiencia fue fascinante y es tan intensa como un trance. Y lo es. Como fenómeno colectivo es ciertamente expresión de la soledad de la sociedad moderna. En un contexto donde las identidades se redefinen al cambiar los contextos laborales y profesionales, la gente pierde el contacto con los amigos y queridos, permitiendo una renovación de la identidad y de la red de relaciones sociales que nos acompañan. Nadie en mi trabajo me conoce de antes, nadie sabe de mí, ni sé de ellos. Solo sabemos de nuestras nuevas relaciones personales lo que nos contamos. Y así nos construimos un relato de nosotros mismos que nos explica como seres únicos. En pocas palabras, “cada quien tiene su cuento” de quién es y de cómo llegó hasta aquí. Y nos identificamos con ese cuento.
Y así, en el relato que nos hacemos de nuestra vida, los personajes de nuestro pasado se convierten en leyendas personales subjetivas. Nadie las puede contrariar. Solo yo sé lo que viví y solo yo puedo contarlo. Yo me lo creo. Olvido o censuro lo que no es relevante, o desagradable o inconveniente. Y así uno se redefine con un cuento de sí mismo.
Y es aquí la primera gran sacudida del Facebook. Nuestros amigos y no tan amigos del pasado aparecen y nos corrigen el cuento. Simplemente nos dicen: “no eso no fue así”. Y así 30 años después descubres que el amor no correspondido de nuestra infancia si fue correspondido, el caribeador (el bully, en venezolano) de la escuela aparece contándonos cómo nos tenía terror cambiándonos la imagen de nuestra infancia, y la experiencia sigue y reinterpretamos la adolescencia y otros momentos subjetivamente importantes de nuestra vida.. Y el redescubrimiento sigue y sigue. Y nuestro propio relato queda desmitificado y aparecen otros que nos cuentan quiénes somos y así nos volvemos a contar la historia y nos entendemos mejor. Esto ocurre mientras las ex aparecen y se hacen amigas entre sí, por solo mencionar algunas de las cosas imprevistas y a veces terroríficas que a uno le toca ver en su propio perfil. Qué sustos!
No por casualidad el que entra en el Facebook entra en un trance y se distancia de su realidad presente, reencontrándose y redescubriéndose, y ese puede ser un placer existencial con sabores y sinsabores. Todo ocurre mientras algunos juegan con las aplicaciones del sitio y otros, un poco más ocupados, queremos convertir al Facebook en el sustituto de la vieja libreta de direcciones. Pero esta libreta es sin duda más divertida. Es una libreta mágica donde aparecen los que quieren, de pronto. También aparecen otros que no quisimos nunca. Nos llaman y dicen que quieren ser nuestros amigos. El pasado de pronto se convierte en el presente con personas presentes y nos proyecta hacia el futuro de un modo insospechado. La vieja amiga nos invita a comer un carpacho, y no sabemos por donde nos llevará ese reencuentro. Quizás sea disfrutar la carne, el queso, la pimienta y el aceite. Quizás sea más.
Dada la necesidad de reencontrarse o de abrirse a nuevas oportunidades de comunicación y entretenimiento, la suscripción al Facebook no puede sino crecer. Muchos verán oportunidades comerciales gigantescas. A otros no se les escapará la posibilidad de difundir y debatir sus ideas a través de este medio, ligando el Facebook con los blogs. Ejemplo de esto eres tú que te estás leyendo este montón de pendejadas que escribí para mis amigos a la semana de suscribirme al Facebook. Una maravilla, verdad?
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